El pájaro y la sirvienta

Quema la llama el pecho que le hace revivir. Cuchara vieja que fue. Historia, quizás, de alguna familia “pudiente” que presumía de su cubertería de alcurnia, mientras, a saber, cuántos dejaron de ver su hambriento rostro, mucho tiempo atrás, en esa redondez; óvalo de metal inconmovible y frío, sin sentimientos, hecho de plata, alpaca o bronce.

Empuña la mano la herramienta. Salta el martillo sobre la simple pieza, que un día alguien usó para comer, cual jaguar de hierro a su víctima, atrapándola al yunque, dándole cada golpe-dentellada que le transforma el alma; y el tenedor o la cuchara apenas gimen, con su metálico grito, si saben que vivirán una segunda vida.

Ayer eran sirvientes llevando el manjar a la boca. Quizás el fino suflé o la sopa de gallina, la codorniz al pomelo o el arroz desgranado con su finísima blancura de mujer deshecha sobre el bordado mantel del terrateniente de campo o el comerciante de pueblo; cubertería quizás llegada, incluso, de la lejana España sobre el bergantín de las nostalgias para sufrir, luego, el olvido de su vejez en cualquier cajón de alacena; cementerio donde, de a poquito, fue perdiendo su brillo original por la pátina del tiempo.

Hoy la imaginación vuela como quiere volar este pájaro, gracias a las manos de artistas, genios de la joya, que se desgranan cada día sobre un mar de fuegos y herramientas.

Así amanece el pequeñísimo taller de Los Pauyet, como le llaman a los reyes de la orfebrería en Ciego de Ávila, imperio ganado a base de trabajo duro durante cuatro lustros en esa búsqueda, asombrosa y subterránea, con que el arte hurga en el espíritu para llevar, también, los sentimientos a la fragua.

Y ahí está Cary, además, la mamá de El Flaco como le llama todo el mundo (si de flaco nada le queda ya, como no le queda pelo a Rafael Blanco); observada todo el tiempo por turistas que van a la galería (la que fue la sala de su casa) y se pasean, curiosos, hasta el final del patio donde está el taller. Siempre encantando ella con una sonrisa y la delatadora fragancia de unos frijoles duros, de la cuota, ablandados con la magia de una pizca de pericia y otra de bicarbonato, mientras el visitante, junto al nacimiento del pájaro de metal, “se entera” de cómo transcurre la vida de una cubana, mambisa de la cotidianidad, quien, sobre su vieja máquina Singer donde zurce el tiempo y las carencias, muestra también la creatividad de este pueblo por perdurar ante las pobrezas diarias; imagen que, al final, el forastero se lleva como plus, entendiendo mejor por qué Cuba sobrevive a cualquier intento de muerte.

Es el momento, entonces, en que te das cuenta de que Gardel cometió su peor fallo poético al decir que 20 años no era nada, si la experiencia de dos décadas es memoria viva de un artista que de electricista, sin franquear la academia, consiguió hacer su arte y, además, convertirse en escuela para quienes allí, jóvenes de la pericia y la constancia, dan cuerpo al afán de trascender de otra manera.

Y uno se pregunta qué pasará el día en que se acabe la alpaca y si, además, la orfebrería sobrevivirá a estos nuevos conquistadores tecnológicos. Pero Pauyet tiene un antídoto. Esa frase de Baudelaire de que el genio no es más que la infancia recuperada a voluntad. Así que volverá a reinventarse, como este propio pájaro que tiene su resurrección sobre un cementerio de viejas cucharas, por volar a los intrínsecos bosques desde donde respira el alma.

El genio no es más que la infancia recuperada a voluntad.

Charles Baudelaire