Martes, 21 de agosto de 2018 9:14 PM

El desmaya’o

“¡Vaya, que se ha perdido la Cadena!”, gritó aquel vendedor a uno de sus clientes del barrio e inmediatamente, pensé en ese grillete dorado que mucha gente lleva al cuello como abalorio de la especulación más que como adorno hermoso, cuando, en ocasiones, el humano que lo exhibe tiene poco en la nevera, menos en el bolsillo y casi nada en el cerebro.

Pero no. El comerciante callejero, con sus cajas vacías sobre la desvencijada bicicleta, frustrado y molesto, se refería a lo que se anunció cual joya de los servicios, años atrás, y ha acabado siendo otra cosa: la llamada Cadena cubana del pan, que a estas alturas del campeonato, pocos saben si le pusieron así pensando en ese entramado de variedades del esencial alimento conque empezó esta historia, o si el que la bautizó intuía que, al final, quedaríamos encadenados, una vez más, a otra deficiente gestión empresarial.

“¡Cómo! ¡Qué perdiste tu cadena de oro! ¡Quién te manda a ponértela para repartir!”, le recriminó Engracia, mi vecina, (la cual de graciosa no tiene nada), y el hombre le explicó que se refería al producto diario más popular en el sustento de la familia.

Se unió al grupo Marcela, conocida como Marcolina, no por su sombrilla amarilla, sino porque siempre anda por las nubes. Entornando los ojos, suspiró: “¡Ay!

¿Se acuerdan de aquellos años de ferias gastronómicas en que nos sacaban los ojos apetitosos panes trenzados, redondos, en forma de caimán, con azúcar o ajonjolí, palitroques, y un largo etcétera?” Y Julio, un viejo con su ADN siempre repleto de humor, comenzó a mal cantar: “De aquellos tiempos ya no queda naaada…”

Así fueron uniéndose vecinos al ruedo, cual horno panadero de barriada. Aquellos mismos que, al amanecer y en el crepúsculo, buscan a lo lejos esos “pitidos palomeros”, mientras, en su subconsciente rezan: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy…”, y esperan que aparezca, aunque sea, ese de cuatro pesos, vendido la mayoría de las veces a cinco porque se anuncia hecho de una mantequilla inexistente, y que muchos llaman el desmaya’o; o el “duro”, que ya no anda tan fuerte de corteza.

María, la despistá’ que no falta nunca, preguntó ingenuamente: “¿Por qué a los particulares les queda mejor si emplean la misma harina?” Y Juana, la mulatona gigante, mirándola de reojo, espetó tajante: “Porque estos usan una idéntica a la que se emplea en los llamados Encuentros de técnicas comerciales por si anuncian una inspección.”

El “culpable” de todo aquel cacareo comunitario, el vendedor callejero de las cajas vacías, cerró el debate. “Bueno, caballero, ojalá mañana el final de esta película sea otro. Este mortal que ven aquí, aplastado como una galleta y sin un p… peso en el bolsillo, se va a descansar. Tengo que estar en forma para dormir esta noche, otra vez, en la cola a ver si mañana les traigo mejor noticia.


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