Dos infartos

El primer infarto lo sufrió Víctor Manuel Ramos cuando, en la pasada edición de Invasor, vio su cuento premiado bajo la supuesta firma de otro autor. El segundo fue el que me dio un jalón en el corazón tras su llamada a la redacción para desnudar mi desaguisado despiste.

Resulta que el correo electrónico de Invasor sufrió cambios y hubo que, por justicia, posponer el veredicto del concurso El corazón no se vende y luego de recuperados los trabajos me fueron reenviados a mi “email” personal. El de Víctor llegó desde el buzón de un joven ingeniero, compañero de su hijo, a quien este le pidiera el favor de que le sirviera de “cartero” al “puro”. Y como venía con la firma del mandante, pues yo asumí, erróneamente, que el ganador se llamaba Ariel Quintana.

Fue por eso que Ariel, al ver la cara de cumpleaños de sus compañeros de trabajo el lunes siguiente, se extrañó hasta que le dijeron: “¡Qué escondiditas tenías tus dotes de escritor y nosotros no sabíamos nada!”, cosa que no entendió el joven hasta no leer la publicación.

De manera que, ni corto ni perezoso, invité a mi casa a compartir un café al “joven” Víctor de 69 años, un hombre de pura estirpe que dejó 47 pedazos de su vida prendidos al afán de sacar petróleo, en los campos de todo el país, como Técnico en Geología y se retiró, en su Majagua natal, cuando fungía como jefe de despacho de esa empresa.

De ahí que entre sorbo y sorbo saltamos a su infancia, marcada por la ejemplaridad de un padre zapatero que, con solo un tercer grado, hablaba de cualquier tema dada por su pasión literaria. “Uno de los caballeros que dio Majagua, un cristiano sin carné. Todavía ando recogiendo el fruto de favores que hizo el viejo y mira que he tratado de imitarlo, pero ¡qué va!, no le llego ni a la cintura.”

Así nos montamos en los nostálgicos barcos donde viajaron sus abuelos, uno tenedor de libros y el otro reparador de máquinas de coser, desde las lejanas islas Canarias, buscando el Potosí cubano que no encontraron más allá de su trabajo y la dura gubia con que trataron de insertarse en la resistente madera de esta Isla como hijos legítimos.

Asimismo, supe de aquel maestro que en sus primeros años le enseñó a Víctor asignaturas imprescindibles como ortografía, gramática, caligrafía, mecanografía, velocidad de lectura y una que le envidio porque de niño no me la impartieron: práctica para la buena memoria.

Pero, como se me acaba el papel, digo que me alegro inmensamente de haberme equivocado y cumplir esa máxima, que ya lo dijo quien lo dijo, de que los médicos entierran sus errores y los periodistas los publicamos. Gracias a ello, estreché la mano de un hombre honesto y rico, porque ha luchado a brazo partido por perpetuar la memoria de su origen “para que mis nietos sepan de dónde vengo y de dónde vienen”.

Aclarando, además, que no es calvo ni que el cuento ganador es autobiográfico, “porque cuando viajaba desde Ciego a Majagua todos los días recogía las historias que la gente contaba en los pasillos de la guagua”.

Que este Marcapasos sea la constancia de mi bendito error, corrector de un latido afectuoso y sincero.