Martes, 22 de mayo de 2018 4:00 AM

“Departures”

La vida es una estación. Una estación de llegadas y partidas donde penas y alegrías suben y bajan del tren de los días. Pero diría yo que el verbo “partir” resulta uno de los más difíciles y dolorosos de conjugar, espiritualmente, y hasta sugeriría, a la Academia de la Lengua, borrarlo del mapa de las palabras para que la gente fuera un poquitín más feliz.

Y duele porque quiebra esos espejos íntimos que todos llevamos, aunque algunos ni se den cuenta, aunque los recompongas e intentes pegarlos y no puedas “ni con cola y con colina ni con los moños de tu madrina”, como cantábamos de niños; heridas sobre las cuales la nostalgia construye catedrales tratando de esconder las lágrimas del espíritu.

Diciembre, entonces, viene a ser una palabra divina y maldita, ese cartel, casi siempre en inglés, que bajo la simple palabra de Departure, nos señala en los puertos, reales o del alma, el momento de escapar de un país, de una realidad que ha sido tan nuestra y, a veces, tratamos de llevarnos, infructuosamente, a otro lugar, en el espacio mínimo de una maleta. Sin embargo, la manera más peligrosa es la de partir quedándonos, porque es permitir que la abulia nos rompa en silencio bajo la crónica enfermedad del “que más me da si nada va a cambiar”, cuando el ímpetu tiene que venir de ti mismo y dándole valor a lo que posees.

Diciembre es la zozobra misma tras el antifaz del júbilo sin saber, en ocasiones, qué celebramos o por qué estamos contentos más allá de estar vivos. Teniendo 31 días, se nos hace eterno, al creer que es el espacio de tiempo donde la vida atropella sus sucesos en una especie de apocalipsis agridulce, cuando se nos van seres queridos a ese intangible, por desconocido, sitio que es la muerte o a otras geografías tratando de cumplir sueños que, a veces, resultan ingrávidas pompas de jabón.

Pero la conjugación de esa forma modélica del verbo también ha de llevarnos a partir de un año para llegar a otro donde la restauración y la sanación del espíritu sea el arte de encontrar la belleza en lo roto. ¡Cuán importante es entender que los vínculos afectivos lastimados son susceptibles de reparación cuando existe la voluntad de devolverle el aliento, de dar una nueva dimensión a lo que parecía inservible!

Existe una tradición milenaria en Japón, el Kintsugi o el arte de reparar el corazón, que más que una técnica artesanal constituye una filosofía de vida. Consiste en componer una pieza de cerámica fracturada a partir de un barniz de resina mezclado con polvo de oro o plata. De manera que lo inservible adquiere nueva dimensión útil capaz de despertar sentimientos de admiración. Así cuando rellenan las grietas enaltecen lo dañado para rescatar su historia y hacerlo más hermoso, voluntad que anima a este latido de palabras para que comiences  2018 en el deseo de que tus grietas personales puedan transformarse en cicatrices de luz.


Comentarios  

# Rosa 21-12-2017 08:38
hermoso!
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