Martes, 23 de octubre de 2018 8:37 AM

Conmovido y triste

Uno estaba vivo.

El otro era un fantasma redondo.

Uno abrigado.

Árbol y poste eléctricoJosé Aurelio PazEste frondoso árbol y un poste eléctrico habitan como vecinos en mi ciudad

El otro desnudo.

Uno se sentía orgulloso de la luminosidad de su piel verde.

El otro intentaba esconder, sin conseguirlo por la lisura de su cuerpo, el verde gris que lo avergonzaba.

Uno había crecido de manera natural, a sus anchas.

El otro había sido arrancado de su familia y cercenado hasta en su identidad.

Uno tenía suaves brazos, que movía al compás del viento como queriendo abrazar a los pájaros.

El otro no tenía extremidades, solo un corazón endurecido allá en lo profundo.

Uno susurraba antiguas canciones desde la flauta del viento.

El otro era la mudez del horror por lo que habían hecho con su cuerpo, crucificado con tornillos de metal, que duelen aún más que los clavos de Cristo porque los clavos de un golpe entran, mientras los otros taladran, poquito a poquito y de manera circular, propiciando un dolor más lento y profundo.

Hablo de un frondoso árbol y de un poste eléctrico que habitan, como vecinos, en mi ciudad. Exactamente, en las calles Maceo y Chicho Valdés, si es que quiere usted ver el crimen. Un casi centenario ficus y un bolo de madera pulida que, alguna vez, en algún lugar de esta geografía, fue un airoso pino o un eucalipto regalando su fragancia a la pradera, pero que la mano del hombre arrancó para transformarlo a su conveniencia.

Mas ese no es el asunto de este Marcapasos "verde". Su verdadera intensión (así con “s”, no por falta de ortografía, sino porque en lugar de propósito quiero referirme a intensidad) es dejar un latido en el aire en torno a cuán irresponsables aún somos.

Resulta que el árbol “(…) conmovido y triste (…)” como el verso del famoso bolero de Eusebio Delfín, se dio cuenta de la desnudez de su difunto hermano y decidió, casi de manera imperceptible, como hace el verdadero cariño, extender sus ramas y comenzar a abrigarlo, a abrazarlo intensamente hasta que sus brotes se fundieran con la rigidez del cuerpo del otro, insuflándole algo de vida. De manera que los transeúntes, que se percataban del detalle, admiraban el gesto solidario que solo la Naturaleza puede dar de manera pura.

Así, comenzaron a convivir, en armonía, en esos compases ocultos de los afectos. El vivo daba al muerto algo de sus raíces para, al menos, atenuar con su savia la irremediable nostalgia por los campos. El muerto, tal vez, daba al vivo un poquito de la energía que cruzaba por sus redes eléctricas, cuando, de pronto, otra mano cercenadora puso fin al abrazo en esa actitud irresponsable y asesina que nos hace creernos seres superiores. Al que dio la orden, al obrero que la ejecutó sin rebelarse, sin percibir esa otra poesía que nos alimenta sin estar en los libros, dejo, como juicio de conciencia, la interrogante que da título a esa hermosa canción nuestra: ¿Y tú qué has hecho?


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