Martes, 22 de mayo de 2018 8:57 PM

Asere tecnológico

Su iluminada cara se apagó de pronto. El joven se puso morado. Comenzó a faltarle el aire. Una extraña arritmia de gigabytes le desbocaba el corazón. Se echó para atrás en el banco donde estaba sentado y, cerrando los ojos, masculló: “¡Me muero!”, mientras alguien del grupo gritaba: “¡Caballero, hay que llevarse a Albertico para el Cuerpo de Guardia!”

inter asere tecnolgicoJosé Aurelio Paz

Siempre al atardecer se citaban allí, a la sombra del sucio y maloliente entorno del edificio de 12 plantas, para “conectarse” entre sí, aunque su Nauta estuviera más seco que la fuente de la esquina del bulevar, El cepillo, como le dicen por su forma, tan vacía como el saldo de los muchachos en su móvil.

Pero Albertico abrió los ojos. Los miró horrorizado, y dijo: “¡No, al hospital no, llévenme para el taller de El Guajiro que mi Samsung Galaxy se ha quedado muerto y estoy a punto de infartar! ¿Cómo le digo a mi tío del Yuma que ya rompí otro celular, cuando este no ha acabado de pagarlo?

Arrancaron hacia el lugar donde trabaja lo que pudiera llamarse, en términos médicos, “un especialista de I grado”, quien le conoce a esos aparaticos “hasta donde el jején puso el huevo”; tipo honesto y de diagnóstico claro que “no le mete el pie” a la gente, como algunos que te lo revisan, se hacen que te aprietan un tornillito, lo reinician y te cobran un congo sin apenas haberle hecho nada.

El “galeno” revisó minuciosamente al “paciente” bajo su enorme lupa y, categórico, dio su diagnóstico: “Es la placa.” El grupo cayó en pánico. Se miraron y, como si se tratara del canto antifonal de un antiguo coro griego, preguntaron a gritos: “¡¿Y tienes la pieza?! ¿Cuánto vale?” El Guajiro dijo que sí, dio un precio razonable al ver el desencajo de aquellos rostros adolescentes y todos respiraron al compás de semicorchea. Buscaron, desesperadamente, en sus bolsillos.

Hicieron una ponina de hermanos y respondieron: “¡Pónsela, que nosotros asumimos!”, mientras Albertico los abrazaba, agradecido, como a quien le acaban de donar un riñón o el páncreas.

Y es que, señores, reconozcámoslo, esa sanguijuela de última generación se nos ha pegado al cuerpo no solo para chuparnos, hasta la mismísima sequía, el bolsillo, sino, también, las neuronas. Si usted sale de casa y olvida su móvil le cae un prurito interior que solo cesa cuando regresa y tomándolo en sus manos revisa las llamadas perdidas y los mensajes entrantes.

Somos los nuevos esclavos del siglo XXI. Permanecemos más de la tercera parte del día con la cabeza gacha sonriéndole a una idiota pantalla que nos ilumina el rostro, mas no el alma, en tanto el pequeño Genio de la lámpara, en lugar de obedecernos, ordena: Abre tu navegador y conéctate... Revisa los mensajes...

Has una foto y envíala... Responde mi llamada si paga el otro... Cancélala si pagas tú... No atiendas al trabajo ni a las clases, mírame a mí fijamente. Soy tu maestro, aunque escribas “¿Ké bolá?” Y mi pregunta final sería: “¿Qué sientes al tener un teléfono más inteligente que tú?”


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