Lunes, 20 de agosto de 2018 10:20 AM

Androides

Quiero pensar que es culpa de la soledad y no del ruido, pero, cierta noche, en el silencio más absoluto, el corazón comenzó a salírseme no por la boca, como metáfora poética, sino por las orejas. Su latido era un caballo inquieto queriendo escapar de las praderas de mi pecho y me asusté, pero ya casi me acostumbro a esa sutil tumbadora que desafina mis tímpanos. El diagnóstico, una hipersensibilidad al exceso de sonidos; de manera que quizás soy una de las no contabilizadas víctimas de la masacre reguetonera y del pitido indiscriminado de los carros.

Por eso digo que yo le hubiera prohibido la entrada a Cuba a Enrique Iglesias. Así de claro. ¡Mira que seguirle la rima a Desember Bueno y venir a grabar el video clip de su canción Súbeme la radio, cosa que aquí no hay que pedir porque somos un país de hipoacúsicos donde la música no puede escucharse más alta.

Quizás todo comenzó desde los tiempos en que los internacionalistas paseaban sobre sus hombros, cual trofeos de guerra, radiograbadoras que parecían escaparates, y con ellas nuestras primeras manifestaciones de especulación sonora, engordada después con las nuevas tecnologías y esos potentes sistemas de bocinas portátiles, con sus profundos graves como puñaladas, que plantan ahora en cualquier esquina, o el retorno cavernario de coches y bicitaxis a discotecas rodantes. De manera que no hay mejor definición que la del reguetonero El Chacal cuando afirma que “(…) ya no existe la palabra, tampoco la mirada, somos androides (…)”, no le quepa duda.

Y es que el cubano es tan “alegre”, tan “solidario”, que no puede quedarse con su música en la intimidad de su casa, de manera que portales y balcones se convierten en plazas para enloquecer, de júbilo obligado, a sus vecinos y un sábado cualquiera, en que usted pretende dormir un poquito más, se despierta con una especie de epilepsia sonora en la cual el “¡bom-bom mami, mami, no me va a matar!” de cualquier equipo doméstico le mueve hasta el tristemente célebre huesito de la alegría. No hablemos ya del nivel de decibeles con que se pretende animar la mañana a los estudiantes en las escuelas desde los matutinos o las instituciones culturales y su sistema promocional para sordos.

¡Ah, y no proteste! Porque, entonces, es usted el bicho raro, enemigo declarado de la “cubanía”, un extremista que “mete ruido en el sistema” de disonancia de antivalores que padecemos.

Cuentan que Arthur Bergfjord, soldado noruego preso en un campo de prisioneros alemán, construyó una radio dentro de la prótesis dental de uno de sus compañeros implantándole un pequeño receptor que utilizaba acoplándole una pequeña pila y unos auriculares. ¡Ay, yo haría lo mismo! Capaz sería de donar mi propia dentadura postiza a los nuevos traficantes del ruido por tal que nos dejaran la vida en paz, si como dijera el poeta inglés Alexander Pope, “Ocurre con la gente de mente pequeña lo mismo que con las botellas de cuello estrecho; cuanto menos contienen más ruido hacen al vaciarse.”


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