+ 3.75

Desde niño escuché que “Cada guapo tiene su cementerio particular.” Y yo tengo el mío, aunque de guapo ni un pelo como imagen o carácter.

De manera que, cual en los viejos monasterios medievales, poseo un espacio de la casa para nicho de mis cadáveres. Solo que, en lugar de enterrarlos, los cuelgo para sentir vergüenza cada vez que los miro o siempre que, soltando un suspiro, rezongo bajito: “¡Uno más!”.

Soy, más que un puro, un viejo desastre. Les rompo la crisma sentándome sobre ellos o matándolos por aplastamiento, mientras duermo, a piernas sueltas y sin cuidado. Me siento un tonto faquir si, luego de perseguirlos incansablemente percibo, bajo mis pies, un ¡cach! como estertor de muerte. Apegado a la verdad he hecho mía esa “aguajosa” expresión callejera de “¡Te voy a partir las patas!” Y, en medio del tumultuoso océano de despistes que me baña, los he llegado a congelar o se me han caído al agua hirviendo cual Ratoncito Pérez, pero no, precisamente, por la golosina de una cebolla.

“¡Mea culpa!”. Soy un asesino en serie, mas no de cuerpos humanos, sino de espejuelos. De haber tenido la previsión de guardarlos todos, a estas alturas, tras el solapado canibalismo de las computadoras con mi otrora juvenil medida de 20/20, tendría un Récords de Guinnes. No obstante, pregunto: ¿Quién no los ha buscado por horas llevándolos puestos en la cabeza?

De modo que no los compro caros, sino esos “desechables seres” que te oferta cualquier “vendedor informal”, sacados, muchas veces, de las propias ópticas estatales y en medidas y modelos que allí no encuentras. El otro día, en los límites de Santa Clara, un “optometrista de calle” se me acercó, me pidió con elegancia permiso para quitarme los lentes. Se los acercó a sus ojos y diagnosticó con asombrosa certeza: “+3.75. Los tengo calobares en negro y verde. Si te llevas dos te los doy a mitad de precio.”

Y ese hecho me hizo pensar en cómo, a menudo, confundimos vista (medida exacta de la carencia que se posee en lo inmediato) con visión, expresión de la capacidad para prever el futuro.

Es por eso que me molesto tanto, y hasta los lentes se me nublan por la impotencia, cuando en plena calle la gente me pregunta cosas a sabiendas de intuir su respuesta: “Venga acá periodista, ¿será que los salideros de agua son invisibles?”… “¿Las autoridades locales necesitan lentes especiales para ver a los revendedores de turnos que, en las colas fuera del Carné de Identidad, cobran por cada número 100.00 pesos a quienes no están dispuestos a pasar la noche?”… “¿Es imagen para la Fiesta del Verano avileño esa sarta de carpas azules, en los bajos el edificio de 12 plantas que, como en Macondo cuando llegaba el circo, llenan el aire de hollín y peste a carne cocinada si se sobra el número de restaurantes abiertos, empañando lo poco que de limpio queda?”…

Y yo, que, aunque lo intento, no puedo hacerme el de la vista gorda, resoplo como el caballo de Elpidio y me digo que si por descuidado tengo un cementerio de espejuelos en mi casa, no quiero igual destino para esta ciudad donde la vista y la visión, a veces, no parecen coincidir.