Martes, 22 de mayo de 2018 1:44 AM

Vivir en frontera

“Por favor, despójese de todos los objetos personales y colóquelos en esa cajuela”, pido a la muchacha. “¿El reloj, también?”, me pregunta y yo, que quiero que se olvide totalmente del tiempo mientras le hago el chequeo, respondo: “Absolutamente todo.”

Dianelis Jorge, aduaneraJosé Aurelio PazVivo intensamente cada momento

Así, hago que Dianelis Jorge González (Ciego de Ávila, 1996), pase por el detector de mi primera interrogante y las palabras comienzan a sonar. “¿Lleva todavía algo encima?”, digo. “Solo el corazón”, afirma y mi orden es categórica: “Póngalo ahí junto a sus vivencias personales”, debo pasar todo su equipaje por el scan.”

Comenzamos el diálogo con esta joven recientemente egresada de la Escuela Nacional de Formación Aduanera. El cacheo ocurre en el Aeropuerto Internacional de Cayo Coco donde inicia su vida de trabajadora.

Lo primero que veo en la pantalla es un bebé de plástico. “Era mi juguete preferido, a pesar de que todavía conservo en mi cuarto muñecos y peluches, porque cada uno marca un momento de mi infancia. Soy el fruto de una familia trabajadora. Mi mamá Alicia es económica. Mi padre, Rodolfo, es militar. Tengo tres hermanos menores: Alejandro Jorge, Jorge Alejandro y Noris Amanda, de los que me siento un poco madre.

“Era una niña tranquila, me gustaba jugar a las casitas y a la pelota. De hecho practiqué un tiempo gimnasia y voleibol. Me encantan los juegos de mesa como el ajedrez. Soy una bárbara en el dominó.”

—¿Y esa pequeña cicatriz en la cabeza?

—Una marca de mi infancia. De la vez que me caí, de cabeza, de la cama, porque vigilaba a mi mamá y me encaramaba constantemente. También me partí la quijada dando un salto hacia atrás en una piscina. Pero, en general, era una niña tranquila a la que todavía le gusta el helado y las cremitas de leche.
“Mis primeras letras las aprendí en la Escuela Augusto César Sandino. De hecho usted una vez me entrevistó.”

—Ah, ¿sí?

—Usted hacía un programa para la televisión y me escogió para unas preguntas. Después hice la Secundaria Básica en la Onelio Hernández y al terminar el preuniversitario escogí la carrera de Técnico de Nivel Medio en Aduana, de la cual me gradué y vine a trabajar para aquí.

La gangosa voz que se desprende de los altoparlantes de los aeropuertos, convertida en un puzle a desentrañar para entender lo que dice, anuncia la llegada del vuelo de Montreal. La calma del salón se rompe. Los perros comienzan a moverse intuyendo que viene trabajo. Los hombres y las mujeres uniformados de beige también.

En la pantalla del monitor de la entrevista detecto un elemento sospechoso y ella me aclara: “Solo son lágrimas. Unas, las del día en que mis padres se divorciaron, un 14 de febrero, al día siguiente de haber cumplido mis 15 años. Las otras, de cuando me quedé en la beca de La Habana separándome, por primera vez, de mi gente.

“Mas tengo la satisfacción de que mis padres mantienen una comunicación excelente y seguimos siendo esa familia fragmentada, aunque unida. Cuando me vi sola en aquella escuela, frente al Malecón, pensé que se me acababa el mundo, pero comencé a ser independiente, a amarlos desde lejos y a conocer, por primera vez, cuál era mi responsabilidad en toda esta historia.”

Entran los primeros viajeros y Dianelis corre a colocarse los guantes de inspección y yo tras ella, sin dejar que se me escape nada, sin revisar, de su equipaje de afectos.

“Yo sé que esta es una profesión que carga con cierta mala fama. Somos un poco la cara del país. Debemos ser amables, pero exigentes, incluso desconfiados, porque en nuestras manos está la seguridad de Cuba y, también, de quienes nos visitan. Me da orgullo laborar con un colectivo destacado que lleva ocho años sin ninguna fisura a la corrupción y eso habla del esfuerzo con que hacemos bien nuestro trabajo. Lo único que no me gusta son las horas de pie, aunque se sobrelleva.

“¿Defectos y virtudes? Soy una persona de carácter. Me gusta que las cosas se hagan bien según los valores que me inculcaron mis padres. No soy joven de apego a lo material, creo que en la vida hay cosas más esenciales y duraderas. Tampoco vivo acoplada a las tecnologías. Me encanta leer y en el juego del dominó ser una campeona. Me fascina jugar con los hombres y ganar. Ellos nos subestiman por nuestra condición de mujer, así que cuando puedo dar una ‘pollona’ disfruto doblemente.

“No soy gente de grandes sueños. Lo mío es el aquí y el ahora. Vivir intensamente cada momento, tener después una familia y que sea feliz con las mismas simples cosas con las que yo lo he conseguido. (Sonríe ante mi pregunta). Sí tengo un novio que trabaja en la parte de la técnica canina. Soy muy de mi casa. Incluso, pude quedarme en La Habana por los resultados académicos, mas preferí volver a donde siempre he sido dichosa, porque las peores carencias que un ser humano pueda tener no son las del vestido o la comida, sino las del cariño, ese motor impulsor de cada día y de cada cosa que hago.”


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