Martes, 20 de noviembre de 2018 5:16 PM

Señas de la vida

Si Norkys Osuna Arias tuviera que resumir en una palabra su vida, sin duda alguna, la escogida sería señas, porque de esas ha tenido para repartir desde que llegó a este mundo.

Primero, por nacer en una familia de padres dedicados por entero a la Enseñanza Especial, y luego, por la inexplicable conexión que siente con quienes nunca reconocerán el timbre de su voz, pero tampoco precisan hacerlo, pues desde pequeña le enseñaron que sus manos, sus labios y su rostro pueden decir más que las palabras.

Todavía le parece que fue ayer cuando salía corriendo de la escuela para irse a jugar con los alumnos de su papá que siempre creyó especiales, y cuya complicidad mucho tuvo que ver con que luego estudiara pedagogía, mas no cualquier magisterio, sino ese al que prefiere llamar “sublime profesión de amor”.

Como ella, también su hermano mayor hizo la misma elección, y me atrevería a pensar que la vocación está en el código genético de los Osuna Arias.

No por gusto, la casa era una fiesta cada vez que había que interpretar en lenguaje de señas las canciones radiadas en el programa Once variedades de la emisora avileña, y Wilfredo, el progenitor, la corregía, sin imaginar que, años después, se convertiría en profesora de la escuela que, ahora, él dirige.

Y más que privilegios, la condición supone un reto “porque todos los ojos están sobre ti cuando eres la hija del director”, no obstante a sus 30 años, Norkys ya ha cursado una Maestría en Educación Especial, ha merecido un Sello Forjadores del Futuro y lleva justo la mitad de su vida frente a las aulas, pero, ninguno de estos méritos se compara con el amor conquistado de sus cuatro alumnos, que ya cree su propia familia.

“Aunque tengan su silencio estos niños dicen mucho por su forma de ser y la manera en que te quieren. He estado en los dos tipos de enseñanza (Primaria y Especial), y sin duda alguna, la última es la mejor pues los pequeños son mucho más cariñosos”, tal vez por ello lamente tanto que cada vez sean menos los jóvenes que lleguen a la escuela especial Águedo Morales Reyna, dispuestos a educar a quienes “siempre te están enseñando”.

• Lea aquí: Una clase de afectos

De entre todos sus alumnos siempre destaca la historia de Maibel, la primera niña con discapacidad auditiva a la que tuvo que instruir a la par de 35 niños oyentes, y con la que ni siquiera los kilómetros que hoy las separan han podido interferir en esa afinidad que existió desde el primer día.

Cuando la vida le premie con el placer de ser madre, dice que de las primeras cosas que enseñará a su hijo será el lenguaje de señas, en parte para dar continuidad a la tradición familiar, y además por creer que “va siendo hora de que todos interioricemos que vivimos en una sociedad con personas sordas que no deben sentirse excluidas por su discapacidad y con las que hay que aprender a comunicarse”.

En tanto, unos jimaguas con dotes de bailarines y unas niñas tan tímidas como la profe misma, llenan los días de Norkys, incapaz de disimular la predilección que siente por ellos. Alguna que otra anécdota graciosa guarda de las tantas veces que han ido juntos de excursión “porque todo no son las clases”.

Una extraña sensación la aborda el día que no los ve y por eso mantiene lo que hace un año atrás confesó a este periódico, “aunque quisiera, nunca podría irme del aula”, ese espacio al que llama mundo con un simple gesto de su mano.


Comentarios  

# wilfredo 10-06-2018 13:49
Esa es mi mayor satisfacción, la educación Especial, dejando mi relevo en el aula.
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