Lunes, 16 de julio de 2018 2:26 AM

Historia de dos

El hombre que amaba a los perros, perfectamente podría ser el título de esta entrevista, pero a Adrián Batista Morales no le sonaría bien la conjugación del verbo en copretérito y muchos pensarían, al instante, en la novela de Leonardo Padura. Así que mejor hablo de dos que, aclaro, también, son uno cuando de olfato y trabajo se trata, o al menos eso dicen en el Aeropuerto Internacional Jardines del Rey de la cayería norte avileña.

Por eso, esta es la historia de Adrián y Petro. El primero, con 32 años de edad y nueve de ellos como Inspector de la Técnica Canina en la mencionada terminal aeroportuaria. El segundo, un Springer Spaniel con apenas cuatro años cumplidos, aunque en realidad pueden ser muchos más según explica la ciencia, y tantas maletas olfateadas como viajeros aterrizan en el llamado paraíso del lujo natural al norte de Ciego de Ávila. En su conjunto, el dúo encargado de evitar la entrada de drogas al país por este punto de la geografía cubana.

Y entiende Adrián que pueda su esposa sentirse celosa porque hay semanas en que pasa más tiempo con el perro que con ella, o que su hijo pequeño le ponga cara extraña al escuchar al papá decir que el animalito es “el niño de sus ojos”, cuando ambos saben que en casa la condición es compartida por contar Petro como un miembro más de la familia.

Se conocieron cuando el can tenía un año y dos meses y llegó a la Aduana de esta provincia procedente del Centro de Cría del Ministerio del Interior (Minint) en Matanzas. Cuenta Adrián que desde el mismo comienzo surgió la química que auguraba buenos resultados, pues en solo tres meses, de seis que duraba el curso de preparación, Petro estuvo listo para empezar la faena.

¿Aprende rápido entonces?, inquiero al tutor, y no pasan ni dos segundos para escuchar  “la verdad es que sí”, mas lo hace con tamaña satisfacción que, incluso, el orgullo rebasa el uniforme de aduanero que lleva puesto mientras le hago mis preguntas.

Cada dos días, Adrián y su perro se someten a las casi dos horas de viaje que separan al aeropuerto de la ciudad cabecera, sin embargo, contrario a lo que pueda imaginarse, el trayecto es tranquilo, “todo el camino va echado bajo mi asiento, parece que ya está acostumbrado” aunque nada más que desciende del ómnibus se desatan las energías.

Casi todos los días hay entrenamiento porque “de fallar el olfato estarían entrando al país sustancias peligrosas, y no podemos darnos ese lujo”, de ahí que continuamente se corrijan las dificultades del animal en la obediencia, la búsqueda y la identificación de olores.

Las fechas en que no viajan hasta Cayo Coco, tampoco se vuelven sinónimo de descanso, solo que el adiestramiento cambia de escenario “pues uno siempre quiere tener a su perro lo más preparado posible”. Entonces, hasta el Parque de la Ciudad va el dúo para ejercitar la disciplina, o algunas veces, la Terminal Interprovincial de Ómnibus Nacionales es el lugar escogido “para que Petro no pierda la costumbre y se adapte a trabajar entre el grupo de personas”.

Antes de arribar cada vuelo hay todo un ritual propio a seguir. El can debe hacer sus necesidades fisiológicas y liberar energías, “solo así puede entrar más concentrado a trabajar” y reconoce el dueño que “esta raza va sobrada de entusiasmo, vaya, que son muy locos”. Suerte que ya conoce ese carácter y todo se mantiene bajo control. Luego le coloca “su uniforme” al perro y pasan al salón a esperar la entrada de maletas y viajeros. Entonces Petro bajará y subirá de la estera, irá de un lado para otro del lugar mientras le pone el hocico a todo lo que pueda parecer sospechoso y más de un pasajero se encantará con él.

Y habrá noches en que a Adrián le supere el cansancio, en cambio el animal estará como si nada “porque ese que usted ve ahí”, dice mientras le indica a Petro que debe sentarse, “tiene la misma energía al comienzo del día que a las 12:00 de la noche cuando ya han pasado 10 vuelos por esta terminal”.

Pienso que alguna vez debe haberse sentado a ver el programa de El encantador de perros que transmitían por el canal televisivo de Multivisión, pero al final me doy cuenta de que, en caso de no haberlo hecho nunca, tampoco es que le hiciera mucha falta. Relata que antes de trabajar con la técnica canina para la identificación de drogas, también lo hizo con la de explosivos. Para ese entonces trabajaba con un Labrador negro, que le regaló el primer lugar en la competencia nacional, y luego un Cocker Spaniel, que le dio una cuarta posición, escaño que mejoró el pasado año cuando Petro alcanzó el tercer puesto del país.

En más de un operativo contra el tráfico ilegal de drogas han participado juntos fuera del aeropuerto, mas es en este último donde verdaderamente se sienten como en casa. Bien que se conocen por estar uno educado a la forma del otro, y prefiere Adrián no pensar en el día en que Petro ya no pueda estar, pues detrás de lo que han conseguido “hay mucho de entrenamiento, pero, también, de complicidad y eso, desgraciadamente, no se logra en dos días”.


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