Domingo, 23 de septiembre de 2018 5:54 PM

Cristalería joven

 Abel Llerena Gil

Cuando Abelito vio aquel campo de marabú se le pararon los pelos como las mismísimas espinas. Había dejado los estudios y su padre dijo que en casa no se quedaba. “Fuimos a la finca de un amigo suyo y me dio un machete a ver si me arrepentía y regresaba al aula. Ahí se puso la cosa fea, pero yo soy persona de no arrepentirme de mis decisiones y cuando preguntó: ‘¿Quieres regresar a la escuela?’ entré al potrero y comencé a cortar palos.”

Esto lo cuenta Abel Llerena Gil (Gaspar, 28 de julio de 1982), quien más que un joven es una caja china llena de postales. Alergias y catarros matizaron la infancia de un sietemesino, siempre encamisado por su austera madre, que soñaba con ser maquinista de tren y hoy resulta, posiblemente, uno de los pocos hombres que en el país ejerce el magisterio como Educador de círculos infantiles.

Mezcla de militante de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) —que lo fue por un largo período— y sacristán en la Iglesia Católica de esa localidad, donde todavía sigue ejerciendo su vocación de servicio desde la fe, después de terminar la facultad y trabajar de agente de seguridad y protección por siete años, nunca cobró el aumento salarial con el cual siempre soñó. “El mismo día que lo anunciaron pedí la baja para estudiar un curso de superación para jóvenes que permitiría coger una carrera universitaria”, cuenta sonriente.

“Al terminar había muchas carreras en Tecnologías de salud, pero me desmayo con una sola gota de sangre. Las demás especialidades exigían haber pasado el Servicio Militar y no lo pasé. Entonces pedí Educación infantil que, te confieso, no era mi sueño ni remotamente hasta que choqué con los niños y sus ocurrencias me cautivaron. Entonces te dices: ‘Era esto lo que estaba predestinado para mí’.

“¡Claro que me creyeron loco! Primero en casa. Pero la familia, conociendo lo terco que soy cuando quiero algo, respetó mi decisión. Educación tuvo que hacer consultas a otros niveles, porque no era común que un varón se dedicara a esta profesión que, históricamente, ha sido de mujeres. Me llenaron de test sicométricos y los pasé. Cuando hice aquí, en este mismo círculo infantil de Gaspar, las primeras prácticas, hubo gente del municipio que apostaba a que yo solito me decantaría cuando enfrentara ‘al monstruo’. Yo los escuchaba y me eché a reír porque no saben lo porfiado que soy con lo que quiero.”

“Sí, fue difícil para los padres entender que sus pequeños serían cuidados por un hombre. Primero tuve que enamorarlos a ellos, como se dice, antes que a los niños y si te digo otra cosa te miento; son personas muy colaboradoras, además de este colectivo de trabajo que mejor no lo quiero. Desde el primer día me acogieron como parte de esa familia que somos.”

—¿Y por qué Abel? ¿El personaje bíblico o el mártir revolucionario?

—Los dos. Mi padre, militante comunista. Mi abuela, católica convencida y practicante en momentos que era difícil ser religioso en Cuba. Ponerme ese nombre fue conciliar dos visiones diferentes y complacerlos a ambos. En aquellos años compañeros de militancia del viejo llegaban a la casa y cuestionaban un cuadro de El corazón de Jesús u otros de La sagrada familia y de la Virgen de la Caridad colgados allí. Él siempre contestaba que había que respetar la manera de pensar diferentes de las otras personas y, por demás, vivía agregado con su suegra.”

Mientras habla no para de reír. Contar su vida es montarse en una montaña rusa, aunque no todos los momentos han sido graciosos como el día que tuvo que dejar los estudios de Elaborador de alimentos para el Turismo, porque el Inglés “no se me da ni jugando a las postalitas”. Lleva consigo, muy dentro, la imagen de su abuela Andrea, “la diosa de los cascos de toronja más ricos del mundo” y, prácticamente analfabeta, dueña de narraciones orales que llenaron sus noches infantiles, su imaginación y su espíritu en los primeros pasos de la fe.

Hermano de tres hembras mayores, resultado del amor y de la aventura por buscar el hijo varón, Abel confiesa haber tenido una infancia feliz y tranquila, donde Arminda, la primogénita empinaba papalotes para él y lo impulsaba a los juegos; incluso, intentó un día, estérilmente, enseñarlo a bailar. “Soy muy de mi casa. Me encanta estar allí, con mi madre. Ese es mi reino. No me imagino lejos de ella ni de mi familia’, afirma.

¿Soñar por soñar? Conocer Tenerife, la isla de donde zarpó un día el abuelo con la añoranza a cuestas por su finquita y sus viñedos, para sembrarse en esta geografía de la cual, como fruto, le nació un nuevo linaje. “Era un hombre tan cumplidor que hacía hasta hornos de carbón por tal de no dejar de pagar la cuota de su carné de extranjero.”

Frente a los niños y a las niñas piensa siempre en Juana, la maestra de Primaria que lo modeló con una exacta mezcla de rectitud y de ternura; y en Lourdes, la profe de música del Pedagógico, quien tuvo la ardua tarea de que aprendiera a cantar.

“¿Cuán complicado es mi trabajo? ¡Ufff...! Tienes que saber discernir entre el niño tranquilo y el hiperquinético, el que se siente mal o no durmió bien. Cada uno tiene sus características que lo hacen especial e irrepetible, pero no puedes tener preferencia por ninguno. A veces me llaman ‘seño’, otras me dicen ‘papi’ y no hay mayor premio para mí en este mundo.”