Martes, 18 de diciembre de 2018 8:54 AM

Editorial: Ni perdón ni permiso

int bandera cubanaEl 16 de junio de 2017 nunca tendrá la vocación de parteaguas del 17 de diciembre de 2014, aunque lo intente. No únicamente porque Donald Trump sea un pésimo orador y su discurso haya estado plagado de falsedades. No únicamente porque el alcance de su directiva presidencial no cancela “todo” lo que Obama había decretado. Ese viernes en un teatro de Miami no será un punto de inflexión porque Cuba no pide perdón ni permiso.

Contrario a lo que podría suponerse, dado el diferendo histórico entre Estados Unidos y nuestro país, la Isla no caerá en la trampa de regresar a un discurso de confrontación hostil, que le haga el juego al “témpano” de la Guerra Fría que ha sacado Trump de su chistera.

Nunca mejor utilizado el término. Pareció un chiste, una broma de muy mal gusto, la bravuconería del magnate-presidente ante un auditorio programado para aplaudir, que es lo único que les va quedando después de ser derrotados en todos los campos posibles.

Tanto la declaración del Gobierno Revolucionario como la intervención del canciller Bruno Rodríguez confirman la voluntad de la nación cubana de continuar avanzando en la normalización de las relaciones, siempre que se respete su soberanía y autodeterminación, en la que resulta obvio que el bloqueo y la ilegal base en Guantánamo son dos piezas claves.

El discurso leído por Trump, y al que se le notan las costuras de los (de)sastres Marco Rubio y Mario Díaz Balart, no solo trata de echar por tierra el camino andado después del restablecimiento de relaciones diplomáticas, sino que se permite imponer exigencias para reanudar las negociaciones en pos de lograr “un mejor acuerdo”. El otro mal chiste de esa tarde miamense es que el míster pretenda que el pueblo cubano le crea cuando dice que su objetivo es el bienestar de la gente en la Isla.

Habría que ser muy ingenuo o estar muy desinformado para confiar en que un presidente que no respeta los derechos de sus conciudadanos va a “trabajar” a favor de un pueblo extranjero, por mucho que se esfuerce en pronunciar el nombre de Cuba y su capital, mientras le imprime una entonación de feria que refuerza su imagen de bufón.

Lo del 16 de junio fue un show —al más puro estilo de Miss Universo, en el que él levanta la mano, sonríe, saluda al público y desea la paz mundial—; un despliegue sensiblero en el que Trump intentó conectar con una comunidad de cubanoamericanos que no se parece, en lo absoluto, a los reunidos en aquel teatro. Solo faltó enjugar una lágrima (pero hasta ahí no le alcanza el “artistaje”).

La respuesta de Cuba, sin embargo, llegó cargada de un pragmatismo que descansa en la certeza de sabernos inamovibles en los principios que defendemos. Una docena de administraciones estadounidenses han intentado quebrarnos las rodillas sin éxito; todavía deben tener a sus mejores científicos tratando de averiguar por qué no nos damos por vencidos.

Trump, Rubio, Díaz Balart y camarilla debían aprender de una vez que ninguna idea nueva o prehistórica, cualquiera sea su envoltura, obrará uno de los más viejos anhelos de la Unión. El tiempo de esta “fruta” no se mide en los relojes del imperio ni el rojo que la viste significa que esté lista para la “cosecha”.