Contra todo pronóstico, seguimos aquí (+Video)

Dos años después, el 17 de diciembre de 2014 podría parecer el día más normal del mundo. Pero hubo conversaciones secretas durante 18 meses y una llamada telefónica, o muchas, que cambiaron la historia.

Debimos haberlo adivinado aquel 10 de diciembre de 2013, durante los funerales de Nelson Mandela, en que un apretón de manos encendió las alarmas y le dio la vuelta al orbe, más por el morbo del simbolismo, que por otra cosa. —Señor Presidente, soy Castro, dijo Raúl mientras se acercaba para darle la mano al presidente de los Estados Unidos. —Lo sé, contestó Barack Obama, sonriendo.

Así lo testimonian dos investigadores norteamericanos, William Leogrande y Peter Konrbluh, en un texto que escudriña las incontables ocasiones en que Washington y La Habana intentaron entenderse en la arena diplomática y no lo consiguieron. Back Channel to Cuba explora las vías alternativas al discurso hostil de más de medio siglo, que tuvieron su recompensa hace exactamente dos años.

Debimos suponerlo porque Obama, unas semanas antes, había reconocido en Miami que se estaban produciendo “cambios importantes en la Isla” y expresó su frustración con el estancamiento de la política. Luego, al regreso del homenaje a Madiba, el General de Ejército expresó ante la Asamblea Nacional del Poder Popular que “hemos expresado en múltiples ocasiones la disposición para sostener con Estados Unidos un diálogo respetuoso, en igualdad y sin comprometer la independencia, soberanía y autodeterminación de la nación. No reclamamos a Estados Unidos que cambie su sistema político y social ni aceptamos negociar el nuestro. Si realmente deseamos avanzar en las relaciones bilaterales, tendremos que aprender a respetar mutuamente nuestras diferencias y acostumbrarnos a convivir pacíficamente con ellas".

Pero no nos percatamos, pues las conversaciones se hicieron en el más absoluto secreto y la disposición de Cuba de normalizar relaciones siempre había estado sobre la mesa. Asumimos que, otra vez, la Isla dejaba la pelota en el terreno vecino y que, otra vez, el obstinado complejo de superioridad gringo echaría por tierra cualquier remota posibilidad de entendimiento.

Es más, no creo que a nadie se le habría ocurrido la peregrina idea del “deshielo” en un contexto en el que crecieron las multas a bancos extranjeros que facilitaron transacciones a la Isla, a tenor de la extraterritorialidad del bloqueo; Cuba encabezando listas negras “Made in USA” como violadora de los derechos humanos y patrocinadora del terrorismo; una faja guantanamera usurpada; tres antiterroristas encarcelados; transmisiones radiales y televisivas ilegales; dinero, mucho dinero, para la subversión interna; y una Ley de Ajuste vigente que premia la emigración desordenada e ilegal de los cubanos.

Sin embargo, en un acontecimiento sin precedentes en la larga y extenuante relación entre Cuba y su vecino del Norte, el gobierno de Barack Obama trató como igual al de Raúl Castro. Quedó claro que para ellos solo se trata de un cambio de método y que continuarán obcecados en impulsar la “democratización” de la “fruta madura”. Mas, esa certeza no opaca el hecho de que se hayan sentado a la mesa a proponer, más que a exigir.

Desde entonces se ha caminado, unas veces a paso doble y otra en marcha reposada, porque si bien la fecha de caducidad de la administración Obama es un catalizador, no es aconsejable madurar con carburo lo que costó 50 años germinar.

El impacto de las relaciones bilaterales todavía no se nota suficiente en el día a día, porque la cautela signa el ritmo cubano y el bloqueo limita cualquier ánimo estadounidense. No obstante, crece el número de visitantes (no turistas), aerolíneas y compañías de cruceros ubican a Cuba en sus itinerarios, se han firmado contratos en materia de Telecomunicaciones y Salud, y se avanza en las rondas técnicas sobre áreas protegidas, seguridad aérea y cumplimiento de la Ley, entre otros.

Dos años es poquísimo tiempo comparado con medio siglo de desencuentros y otros 100 años en los que el Tío Sam nos miró por encima del hombro. Trump podrá hacer lo que quiera al respecto, o lo que le permitan. Pero, insisto, si hay algo irreversible en todo este asunto, es que, el 17 de diciembre de 2014, la superpotencia mundial tuvo que tragarse su ego y, contra todo pronóstico de los agoreros, aquí estamos.