Acúfeno "facial" o ruido por la culata del oído

Si no fuera por la gravedad que subyace en el plano de posibles intenciones, por el irrespeto que entraña y por la seriedad con que, a pesar de todo, Cuba lo ha enfrentado, el “ruido” armado por Washington acerca de una supuesta agresión sónica contra diplomáticos norteamericanos en La Habana, daría risa.

Creíble, al parecer, solo por quienes lo echaron a remar, el asunto ha continuado ocupando a expertos e investigadores.

Unos 2 000 físicos, ingenieros en telecomunicaciones, especialistas en medicina interna, neurología, otorrinolaringología, neurofisiología, audiología, epidemiología, salud ambiental, entomología, psicología y sociología, entre otros, han invertido (perdido) tiempo detrás de una evidencia que jamás aparecerá, porque, sencillamente, en Cuba no existen las armas sónicas, no se fabrican, no se importan ni se exportan, tal y como afirma el teniente coronel Roberto Caballero, investigador de la Dirección General de Investigación Criminal y Operaciones del Ministerio del Interior, uno de los participantes en las pesquisas.

Es curioso que no solo personal cubano desestime la ilusa posibilidad de que síntomas como los referidos por diplomáticos estadounidenses (náuseas, cefalea, trastornos del equilibrio, pérdida auditiva, dolor facial y abdominal, perturbaciones de la memoria y conmoción cerebral) sean consecuencia de supuestos ataques acústicos, preparados con toda intención.

Tal hipótesis —frágil cimiento para que la administración Trump retirara a parte de sus representantes en La Habana y expulsara a 17 funcionarios cubanos de Washington— tampoco halla sustento entre científicos y expertos del mundo, incluidos estadounidenses, quienes, como publica Granma, han señalado las incongruencias de los síntomas, el contexto de los incidentes y las causas esgrimidas.

Son, en verdad, tantas las “rarezas” que a personalidades como el Doctor Miguel Ángel Arráez, presidente de la Sociedad Española de Neurocirugía, el asunto le “parece más una historia de ciencia ficción vinculada con el mundo de los platillos volantes”.

Debe ser muy incómodo tratar de emprender un estudio serio cuando el demandante apenas presenta un documento carente de pruebas objetivas y de rigor científico que respalden su tesis, grabaciones donde lo más notorio es el ladrido de perros, sonido de autos y el canto de un grillo, y, además, les niega a los investigadores el acceso a las “victimas”, ninguna de las cuales, por cierto, acudió jamás en busca de atención médica al Hospital Cira García, donde reciben servicio los diplomáticos.

Las interrogantes (lagunas) pululan en detrimento de lo que tal vez Trump celebró como éxito seguro. Más allá de lo que descarte la ciencia médica, no hay que ser experto para preguntarse cómo dentro de una misma habitación haya personas con síntomas de la supuesta agresión y otras no: incoherencia válida para residentes en viviendas e instalaciones aledañas o cercanas.

No sin humor, un colega me decía que tal vez la culpa sea del acúfeno, ese ruido que algunas personas sienten en el oído, común en unos 50 millones de norteamericanos.

Me inclino por los cientos de comentarios que “sonaron” en un foro Online sobre el tema, al sospechar de esa patología tan común de la política norteamericana: fabricar pretextos.

A nadie sorprenda, en fin, que las investigaciones lleven a lo que debieron prever los artífices de tal “ruido”: un nuevo disparo escapado..., esta vez, por la culata del sordo oído imperial.