Riqueza en consulta

Si en la calle no se hablara de quienes tienen varios autos, camiones u otros medios de transporte privado trabajando para sí, aunque a nombre de distintos “propietarios”, operando más veces a la vera que en el centro de lo legalmente establecido…

O de ciertos ciudadanos, algunos con residencia externa, que, usando a terceros, pero con bolsillo personal en embudo, maniobran para “sembrar” capital aquí, también “por la izquierda”, en negocios o actividades como las de cafeterías, paladares, restaurantes, hostales, o dentro del propio transporte…

Si, además, todos fuesen inmunes al vicio de subdeclarar ingresos o burlar el pago de impuestos, ignorando esa vía de redistribución social que aplican todas las economías y países del mundo…

Si unos, otros, y todos devengaran, en fin, no importa qué monto, pero con la honrada transparencia, por ejemplo, de quienes sudan la tierra, producen bienes o servicios, le aportan a la sociedad, invierten, están al día y en concordancia con la ley…

Si todo ello sucediera, quizás el artículo 22 del Proyecto de Constitución de la República de Cuba no inquietara igual, ni fuese tan recurrente dicho análisis en la actual consulta popular.

Su texto dice: “El Estado regula que no exista concentración de la propiedad en personas naturales o jurídicas no estatales, a fin de preservar los límites compatibles con los valores socialistas de equidad y justicia social.”

Obreros como Rolando Reyes, de la fábrica Ciegoplast, productora de tubos de polietileno de alta densidad, han tocado un punto medular: hay que definir cuáles son esos límites compatibles de concentración de propiedad, “porque es inaceptable que un bien público se emplee para enriquecer a unos pocos”.

La inquietud, que nunca será si alguien prospera o no, viene de mucho antes. Recuerdo que, en 2017, diputados de tres comisiones permanentes alertaron acerca del saldo económico, ideológico y político a que, en las especificidades de Cuba, conllevaría la acumulación descontrolada, impune e ilegal de propiedades y de riquezas en un segmento social minoritario.

El General de Ejército Raúl Castro Ruz, Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, ha sido claro al afirmar que no se debe temer a que alguien ingrese mucho dinero, siempre que haya un respaldo productivo, y lo haga de manera digna, a partir del trabajo creador y en marcos de legalidad; criterio, a mi modo de ver, válido tanto para el sector estatal como el no estatal.

No se trata del humilde hombre que, para bien del barrio, vende maní, caramelos, lechugas, afeita, pela o limpia botas, con todo claro y en orden. El artículo habla de concentración de propiedad, cuya regulación sí atañe a todo Estado, entre otras razones porque entraña y genera riqueza, aunque no sea malo tener esta última.

Hay quienes opinan que no existe fórmula para regular dicha riqueza, que es su empleo lo que se debe controlar, y que nunca será problema lo adquirido como fruto del trabajo.

Según el marxismo, el hombre es un ser social, que piensa como vive. No teorizaré. Solo invito a meditar, con sinceridad, si piensa y actúa con igual sentido quien trabaja de sol a sol (con el Estado o no) y quien, desde la sombra, mueve los jugosos y, a veces, oscuros hilos de una cadena de casas de renta, paladares o taxis. No lo creo. Y mucho ojo: poder económico puede generar, o abrir, apetitos de poder político.

Lo principal, por tanto, como ha dicho el filólogo cubano F. Vladimir Pérez Casal, es la justicia social, son los intereses de la mayoría. Y cierro con una de sus meditaciones: "¿Es mala la propiedad, en sí? Depende… si se utiliza para mal… hasta los medicamentos".