Miércoles, 22 de mayo de 2019 3:35 AM

Editorial: Secreto a los cuatro vientos

El voto siempre ha sido secreto. Eso es tan público y sabido como la nueva Constitución que este 24 de febrero Cuba propone refrendar en las urnas, después de que casi nueve millones de cubanos lanzaran sus más de 780 000 propuestas, en las más de 130 000 reuniones. Semejante participación hizo que, mientras desmenuzábamos el proyecto constitucional, fuera erigiéndose un “preámbulo” tan democrático que nadie podría aludir, a estas alturas, a un respaldo inconsciente o indescifrable. De ese modo, el Sí se anticipó, al descubierto, sin segundas vueltas o vacilaciones; casi sin objeciones.

Nada va a impedir que millones de cubanos sigamos refrendando el camino que este país ha tomado desde hace más de 150 años. El hecho de que ahora, cerca de un 60 por ciento del texto inicial propuesto, se haya modificado, confirma, precisamente, que seguimos construyendo un camino con las manos de todos o, como mínimo, de la mayoría.

Por eso, este 24 de febrero, fecha de reinicios, es, de alguna manera, la consecuencia de lo que hasta hoy hemos querido e insistido en hacer: una Cuba mejor, más democrática, inclusiva, avanzada en estructuras y pensamientos. Una Cuba superior, ante la cual ha sido facilísimo para millones de cubanos anunciarse con el Yo voto sí, y revelar su secreto electoral. Intención de voto lo llamarían las encuestadoras internacionales.

Ya sabemos, por nuestros antecedentes históricos y por el destino que nos dibujamos en los 229 artículos del texto constitucional, que Cuba ha tomado el camino del Sí; así, con tilde y sin condiciones. Asumimos que vamos a despertarnos en los colegios con la misma naturalidad que hemos gritado a los cuatro vientos —por supuesto, que con mayores decibeles hacia el Norte, que nunca ha aceptado semejante desacato— que Cuba es de los cubanos y que “no volverá jamás al capitalismo”, tal y como recoge el convencimiento de nuestra Carta Magna.

Lo haremos, además, como se hacen las cosas simples de la vida; como, estirarse, abrir los ojos, sonreír…, lo cual no significa que sea un voto automático, impensado. No, por el contrario. Resulta que hemos tenido tres meses de debates oficiales, más todos los años de Revolución para cerciorarnos de qué queremos y qué debemos ratificar; de ahí que la pregunta de la boleta llegue a ser demasiado sencilla y retórica para mayores de 16 años: “¿Ratifica usted la nueva Constitución de la República?”

Incluso, a los que no se la leyeron a cabalidad y son testigos recientes de ideas expuestas en una esquina o spots televisivos, les queda la confianza de saber que el documento resguarda las esencias de este socialismo que ha sido, un poco el que hemos querido, y otro poco el que nos han permitido. Que aun así no han impedido que “la dignidad plena del hombre” se traduzca en beneficios sociales y garantías intocables, pero sí han mellado apetitos básicos de la cotidianidad con un bloqueo que es más viejo que la Constitución que pretendemos dejar atrás.

¿Cómo? Pues facilito: usted se levanta temprano, va hasta el colegio y pide el último (porque habrá un montón de gente haciendo lo mismo), se busca en el listado, pasa, recoge la boleta, descorre la cortina, toma el lápiz y hace la cruz. No hace falta decirle dónde. Ya todo ha sido dicho.

Luego oirá el “votó” de los pioneros y será otro secreto a los cuatro vientos. Sí.


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