Martes, 18 de junio de 2019 6:49 AM

Editorial: Apenas el comienzo de la Revolución Cubana

Tantas veces había nacido y muerto demasiado pronto, malograda por los errores propios y la intervención ajena, que los enemigos de siempre apostaron a una corta vida. Creyeron que los mismos males de antaño les harían el trabajo fácil, cercenando la posibilidad de madurar y dejar semillas; que no podría sostenerse en pie por mucho tiempo, a falta de tierra firme bajo sus pies; que la inexperiencia y la mocedad de los muchachos sería su debilidad y sentencia. Pero se equivocaron los enemigos de siempre, como siempre.

Ahora que la Revolución cumple 60, después de bloqueos y persecución financiera, plagas y epidemias, difamación y listas negras, mercenarios y sabotajes, ¿qué van a decir? ¿Hablarán de achaques, de arritmias, de bajas tensiones, de la incapacidad de andar? ¿En serio van a jugar la carta de la “viejita” que ya no puede más?

Si el tiempo de las revoluciones se midiera como el de los hombres y mujeres, cabría la analogía al considerar a la cubana como una revolución envejecida. Seis décadas no son poca cosa y es fácil darse cuenta de lo que ha costado llegar hasta aquí. Pero el tiempo de las revoluciones no es constante, no tiene la exactitud de los minutos y las horas, y no cabe, ni siquiera, en el relato apurado de la historiografía contemporánea. Si en 1959, 1960, 1961, parecía que corría desbocado, de transformación en transformación, en 2018, y asomado a 2019, aunque sin prisas, mantiene la vocación de cambio y renovación.

Los que querían verla reducida a una escaramuza o un capricho de imberbes que luego dejaron crecer sus barbas han tenido que asistir como espectadores en primera fila a su reafirmación. Como el primer día luego del triunfo, este es un proyecto social empecinado en alcanzar toda la justicia posible, antídoto para el recuerdo de un país dividido entre el hambre de muchos y los banquetes de unos pocos, la miseria y la opulencia, la barbarie y la high life. Es esa la fotografía de aquella Cuba y no la del Chevrolet del ‘56 parqueado delante del Habana Hilton, por más que haya quienes no cejen en el intento de cambiar la historia.

No es una anciana la Revolución, mas, si a alguien le pareciera que sí, si a alguien de buen corazón le pareciera que 60 años marcan la tercera edad de aquel impulso que bajó de la Sierra, mientras observa con cariño los cabellos blancos que ya peinan los muchachos de entonces, o recuerda con devoción a los que ya no están, habría que hablar de la virtud y la utilidad.

Porque es virtud llegar a ciertas edades con una lozanía como de 20 y no sentarse a esperar, sino seguir haciendo. Porque ser útil no es capacidad dictada por almanaque alguno, sino intención, voluntad, mandato ineludible.

En cierto modo, no obstante, habría que darles la razón y decir que esta Revolución sexagenaria es “vieja”, pues porta en su genoma otros 90 años de luchas que, si bien no consumaron la independencia largamente ansiada y conjurada, cartografiaron la ruta de libertad y autodeterminación seguida hasta aquí. Una Revolución con la dignidad de Céspedes, la consagración de Martí, la temeridad de Maceo, la intransigencia de Mella, la vergüenza de Chibás y el corazón de Fidel es vieja cronológicamente, tal vez, pero ¡tan nueva cada enero!

El secreto ha sido oxigenar a tiempo la sangre, sumar en un solo torrente la savia de todas las generaciones que configuran la nación, poner sobre los hombros de todos el peso de la Isla.

Y acaso esa combinación de experiencia física y juventud mental —y viceversa— que le reconocemos a esta Revolución de sueños, proyectos y espíritu dialéctico, es lo que necesita todos los días Cuba, si queremos que 60 años sean, medidos en el reloj de las revoluciones y de la gente, apenas el comienzo.


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