Domingo, 22 de abril de 2018 11:50 PM

El Che en tierras del central Stewart (Parte I)

Ruta de la Columna 8 Invasor inicia una serie de trabajos que rememoran la presencia de Ernesto Guevara por tierras del antiguo central azucarero Stewart, actual municipio de Venezuela, en el sur de la provincia de Ciego de Ávila, en los momentos en que marchaba al frente de la Columna Invasora Número 8 “Ciro Redondo” en los primeros días de octubre de 1958.

Como un orgullo local, dentro de las figuras del mambisado presentes en las contiendas emancipadoras, sobresale la de Máximo Gómez Báez, quien burló La Trocha de Júcaro a Morón por primera vez por su porción meridional en enero de 1875 a los acordes de la Marcha de la Bandera para llevar la guerra al Occidente, momento en que fue herido, amén de otras acciones llevadas a cabo en ambas guerras.

Si comparamos en un mapa la ruta seguida por la invasión, tanto la comandada por Gómez como la del Che, es sorprendentemente casi idéntica, lo que reafirma la existencia de un hilo conductor del proceso histórico cubano. Así, el sur avileño siente la presencia de dos hombres extraordinarios, los más altos exponentes del internacionalismo en tierras de América durante los siglos XIX y XX.

La llegada de la Columna

Uno de los momentos más difíciles que afrontó la Columna Invasora “Ciro Redondo" desde su partida de la Sierra Maestra fue el cerco de Baraguá. Al salir de allí la tropa se encontraba en una situación precaria: sin alimentos, acosada por el enemigo desde aire, mar y tierra; caminaba por terrenos completamente cenagosos, asediada constantemente por mosquitos, jejenes y otros insectos que hacían prácticamente imposible la vida.

Una perturbación ciclónica, con su centro en las inmediaciones de Caimán Grande, acompañada de nubes y lluvia, comenzó a afectar el centro sur de la Isla. Las inclemencias del tiempo se sumaban a las calamidades para agravarlas aún más.

En la vegetación de la zona costera predominaba el macío, planta herbácea que crece abundantemente sobre las ciénagas, lagunas y tierras bajas o anegadizas, con una especie de junco de tallo largo y erecto que a veces alcanza más de un metro, y hasta dos, y también la conocida popularmente por el nombre de “cortadera”, cuyas hojas penetran la piel como cuchillas afiladas al más mínimo contacto.

La constante humedad y el fango no solo destruían la ropa o el calzado de los combatientes, también hacían aparecer hongos que atacaban los pies, provocando un escozor inaguantable. Los dedos se inflamaban y el dolor se hacía insoportable ante cada pisada. Sólo una voluntad férrea posibilitaba que los hombres siguieran adelante.

¿Qué resortes, qué fuerza los empujaba para alejar de si lamentaciones y quejas, esas que quebrantan el carácter del ser humano en situaciones difíciles? Era, según la opinión del entonces soldado de la Columna Invasora, hoy teniente coronel retirado Efrén de Jesús Nápoles, el ejemplo del jefe, del guía que lo acompañaba, que los comandaba:

“Como no creer en él, si en los momentos más difíciles del cerco de Baraguá, cuando todos pensábamos en el fracaso, que todo estaba perdido, con una calma espantosa se acostó sobre la tierra, puso la mochila como almohada y comenzó a leer con avidez un libro, que aunque no tengo la seguridad absoluta, me parece que era el diario de campaña de Máximo Gómez. Ante cada peligro permanecía inmutable, como si nada pasara, brindando una seguridad a los demás que era capaz de alejar la incertidumbre y hasta el propio dolor físico”.

Marchaban por la enmarañada llanura como fantasmas embriagados después de haber sido ametrallados y bombardeados por la aviación enemiga en los campamentos bautizados como “Monte de los Puercos” y “La Palma”, este último totalmente anegado. Desde este lugar el Che, en compañía de Ramiro Valdés, trazó sobre un mapa el nuevo itinerario y prosiguieron la ruta trazada. Después de recorrer unos tres kilómetros llegaron a las cercanías del barrio Jagüeyal, en la finca Palenque. Ya estaban en tierras del central Stewart.


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