Lunes, 21 de enero de 2019 1:03 PM

El Che en tierras del central Stewart (Parte II)

Efrén LeónPastor BatistaEfrén León, rememora los hechos En la medianoche del día 4 de octubre de 1958, la punta de la vanguardia de la Columna 8 “Ciro Redondo”, comandada por el Che, paró el avance al observar una luz que parecía ser de un vehículo que penetraba en el batey de la finca Palenque en las cercanías de Jagüeyal. Entonces se situó una emboscada, mientras se ordenó al jefe de la Vanguardia que se trasladara a la casa que aparecía en el camino y llamara a los que en ella vivían, y así se hizo. Un hombre se levantó y comenzaron a hablar.

El capitán Manuel Hernández Osorio le explicó que estaban perdidos, que necesitaban orientación. El campesino, soñoliento aún, trató de darle indicaciones desde la propia vivienda, pero Manuel le insistió que lo acompañase hasta donde se encontraba el jefe de la columna, y el hombre accedió. Se trataba de José Amador Arias, conocido en la zona como Tello.

El encuentro fue cordial; se saludaron mutuamente y conversaron. El Che decidió trasladarse hasta la vivienda, donde continuó el intercambio. Conoció que Tello no vivía allí, que estaba cuidando la casa y a un hijo del dueño, que se encontraba de visita en La Habana.

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—¿Dónde puedo hacer un alto para que la columna descanse y los hombres se repongan? —indagó el Che.

—En La Rosa Liberal, comandante.

—¿Por qué La Rosa Liberal?

—Porque es un lugar más alto y de difícil acceso para las tropas del Ejército; tiene una sola entrada. A Palenque sí pueden llegar fácilmente los guardias por el ramal ferroviario, que toca hasta la misma grúa cañera, y por el terraplén. Allí, estoy seguro, podrán descansar, comer. Hay una vaquería; existe la posibilidad de tomar leche, comer queso. La gente es buena, es el mejor lugar por estos contornos.

A la propuesta de que le sirviera de guía, el hombre accedió, no sin antes pedirle al jefe guerrillero que dejara al muchacho que él estaba cuidando en la casa, pues sería peligrosa la travesía junto a ellos, recalcándole que podía tener confianza en él. El interlocutor estuvo de acuerdo y, a la vez, le solicitó la posibilidad de una bestia para transportar al capitán Silva, que estaba herido, petición que quedó resuelta con un animal que se encontraba amarrado en el patio. Es así como un humilde guajiro del central Stewart aportó la idea de ir a La Rosa Liberal y, desinteresadamente, les sirvió.

En el testimonio concedido a este redactor por el Teniente coronel Efrén Jesús Nápoles, se afirma que: “El comandante Ernesto Guevara se enteró por boca de Tello que en aquel lugar, apenas unos días antes, el 24 de septiembre, había sido asesinado el primer teniente Senén Mariño Vargas, integrante de la vanguardia de la columna de Camilo, quien cayó en manos del enemigo producto de una delación en las cercanías de Florida y, tras ser torturado en el cuartel del central Baraguá, sin poder obtener de él ninguna información, fue conducido al sitio, donde los jenízaros batistianos simularon un combate para así hacerlo creer a la población, cuando, en realidad, lo que hicieron fue amarrarlo cobardemente a un árbol, fusilarlo a mansalva y, su cuerpo sin vida, pasearlo después por el cercano poblado de Jagüeyal con el ánimo de amedrentar al pueblo”.

Refiere León que “el Jefe de la Columna pudo conocer, además, que la luz que habían visto los hombres de la vanguardia, mientras se acercaban a Palenque, procedía de un camión cargado de soldados, al frente de los cuales estaba el primer teniente Ramón Betancourt Osorio, Jefe de Puesto del cuartel de la Guardia Rural del central Stewart y que, por suerte, se habían marchado”.

Al indagar el tiempo que debían emplear para llegar a La Rosa Liberal, Tello le expresó al Che que, aproximadamente, dos horas de marcha. Inmediatamente se dio la orden de partida. Eran casi las doce de la noche y tomaron rumbo Oeste.

Durante el trayecto hacia el lugar, apareció, en medio de la oscuridad de la noche, un oasis verde, un campo de caña, suculento manjar para seres famélicos. Se autorizó comer de la gramínea, pero dentro del propio cañaveral, para no dejar pistas sobre el sendero. A partir de ese momento, entraron en acción dientes y cuchillos, encargados de desnudar el ropaje de los dulces tallos, y rompió la “molienda”.

El agradable jugo azucarado alivió por un momento el cosquilleo y las llamadas de auxilio que emitían los estómagos. Cada uno podría llevar consigo una caña. Continuaron caminando. El tiempo empeoraba y la marcha se hacía cada vez más penosa. El macío, la cortadera y los pantanos no tenían para cuando acabar.

Luego de recorrer unos cinco kilómetros, llegaron a un monte, cerca de la laguna llamada El Colmenar. Eran las cuatro de la madrugada del 5 de octubre de 1958 y plantaron campamento provisional. Todos temblaban de frío. Estaban muy próximos a La Rosa Liberal. El Che ordenó a Manuel Hernández Osorio que, con la punta de la vanguardia y el práctico que les acompañaba, se dirigieran al batey y lo ocuparan.


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