Viernes, 15 de febrero de 2019 10:44 PM

Vivir sin ti

Juro que fui a aquel lugar por una llave. Lo de la lección de amor es otra cosa, llegó sin esperarla y, como muchas veces me sucede, quedé muda.

Aguardaba en la sala de un cerrajero a que terminara el trabajo que abriría la puerta de mi casa. En una mesita divisé un Buda y quise hacerle cosquillas en el ombligo y pedirle un deseo, como suele hacer Mina, un personaje de mis cuentos. Apareció el cerrajero, con él la llave y mi petición de acercarme al Buda, lo que fue suficiente para que se le transfigurara la cara y, luego, cayera en un interminable lamento por su amor perdido.

“Ese Buda era de mi señora —me dijo—, la de siempre, por eso no puedo resignarme a amanecer sin ella. Mírala, esa es —agregó, señalando una foto—, ya estaba enferma, pero todavía era hermosa.”

Su “vieja” había muerto hacía dos años, mas pensaba en ella todos los días, y en la soledad que representaba no verla ni tocarla. No supe qué decir. Traté de disculparme por rozar su memoria, pero preferí quedarme quieta, sobre todo por ver cómo aquel hombre lloraba delante de mí sin conocerme… y en este mundo donde se enseña que los hombres no lloran.

Me mostró otras fotos de la amada y tarareó la letra de una canción que siempre escucha porque ella la prefería y porque dice "no puedo vivir sin ti", y eso mismo es lo que él sentía. Trató de explicarme cómo era aquello que experimentaba cuando deseaba verla y recordaba que no era posible, pero, al final, me confesó que desconocía las palabras para expresarlo.

Y le creí. Y sé que los diccionarios están despoblados de palabras para expresar ciertos dolores, desmanes y desafueros, cuando queremos retener a alguien que se fue para algún lugar del que no quiere o no puede volver.

Todavía sigo conmovido por su reacción. Había que verlo allí, tratando de explicarme algo que ni él mismo entendía. Comprendo ahora por qué a Paolo y Francesca no les importó parar en el infierno, la paciencia de Penélope mientras tejía y destejía, y las chifladuras de aquella loca que escapó de un manicomio y echó a andar una locomotora para buscar al hombre que amaba.

Juro que fui a aquel lugar por una llave. Lo de la lección de amor es otra cosa. Por eso no lo pienso tanto para escribir una carta de amor, dejar versos sueltos en cualquier bolsillo, ni me parecen tan absurdos los papelazos que he hecho.


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