Si así fuera

Si a todo aquel que lee la Biblia y dice que abraza su palabra esta le bastara para obedecer sin miedo aquel hermoso mandamiento, de seguro que todo sería demasiado fácil. Si el hecho de amar al prójimo como a uno mismo fuera asunto de coser y cantar, no habría tenido que ser escrito en alguna piedra como mandato, ningún discípulo habría preguntado nunca a Jesús si el prójimo eran solo los amigos, ni este le habría tenido que responder que el prójimo era hasta el enemigo; lo que es lógico, si vemos que tu prójimo es aquel que está ahora mismo próximo a ti, cerca, a tu lado.

Si fuera fácil que el corazón estuviera presto a amarnos todos, no hubiéramos vivido siglos de odios y miedos, ni las constituciones y los códigos contemplarían, ni en uno solo de sus artículos, el tema de los derechos y las reivindicaciones. A nadie le resultaría difícil respetar y aceptar, mirar de frente y no de reojo, ni la palabra tolerancia sería tan esgrimida todavía por estos tiempos.

Si todos creciéramos sin que nadie a nuestro lado nos fuera construyendo una visión equivocada y empequeñecida del mundo y de la gente, después no habría que deconstruir nada ni gastar tiempo y energías de más en enseñar algo nuevo, más hermoso y humano; nadie tendría que sentir vergüenza por ser diferente o minoría; y mucho menos, alguien se sentiría con derecho a lanzar la primera piedra.

Si esto del machismo y la cultura patriarcal no estuviese de verdad tan arraigado, si la ciencia, también, no se hubiera equivocado tanto, si muchas personas todavía no mencionasen a Sodoma y Gomorra como si fueran comarcas cercanas a ellos en tiempo y espacio; nunca habría tenido que ser eliminada la homosexualidad de los libros de Psiquiatría, adonde un día, por error, fue a parar (¡qué vergüenza!), no existirían jornadas contra la homofobia y la transfobia, ni un artículo del Anteproyecto de la Constitución de la República de Cuba, en un país como el nuestro, habría causado tanto debate.

Si fuera verdad que cada vez estamos más cerca de la grandeza que muchos queremos, si fuera tan fácil amarnos los unos a los otros, no sería tan triste y preocupante, todavía, la realidad; ni un beso entre dos hombres, casi al final de una telenovela brasileña donde hubo de todo lo malo que existe, hubiera ofendido a tanta gente, ni a algunos les hubiera provocado hasta asco.

Si fuera tan fácil no solo amar inmensamente, sino, también, luchar contra los que no lo hacen, no tendría que decir nunca que aunque soy heterosexual tengo amigos entrañables que no lo son; que no me molesta ni ocupa que personas del mismo sexo se tomen de las manos y se besen a mi lado; que mis vecinos pueden ser lo que sean sin que me preocupe que mis hijos un día me pregunten por qué si son dos hombres, o dos mujeres, están casados, porque la respuesta es muy fácil.

No me preguntarían nunca si este amigo o esta amiga mía “son o no son”, ni nadie habría dudado si, por ser amiga de homosexuales, yo también lo era. Si fuera tan fácil amar, nadie tendría que aprender nada para aceptar, no existirían estigmas, nombretes, ni odio; yo no hubiera padecido tanto escribiendo estas líneas y ahora me atrevería a pedirles que todos dijeran Amén, porque sucede que algunos todavía no dicen Amén, ni ya saben qué es lo que verdaderamente merece que le digan “así sea”.