Sábado, 20 de julio de 2019 2:41 PM

Regalar halagos

"Quien se guarda un elogio se queda con algo ajeno". Pablo Picasso

Me gusta brindar halagos, no regateo ni uno solo de ellos a alguien que se los haya ganado, voy por ahí desgranando mis elogios, por más cursi que parezca, dicho de este modo; o repartiéndolos, aunque así parezca nada poético. Y es que necesito hacerlo, siento placer cuando a alguien le digo cuán bello, útil, brillante o necesario me pareció lo que hace y ofrece.

No me cuesta nada y, hasta en pago, recibo unas gracias salidas de muy adentro, el brillo en la mirada, sonrisas casi siempre tímidas, y, a veces, hasta expresiones de sorpresa.

No creo justo alejarme de un sitio, donde veo a la gente que se esmera en cada detalle, sin decirles siquiera qué me pareció lo que vi en esos escasos minutos; y eso lo hago sin un discurso, es apenas con unas palabras, pero claro, siempre verdaderas y sinceras.

La gente se sorprende muchas veces; habituadas a hacerlo todo bien y a casi nunca recibir un elogio, se acostumbran y piensan que es así como debe ser, mas se equivocan.

Aquel chofer que saluda en la mañana, nos desea un día bueno y nos pide orden para subir porque todos cabremos si nos acomodamos y pensamos en los que están abajo; ese que después maneja con cuidado porque va lleno y esa gente es su responsabilidad, se merece que le diga que siga así, que va bien.

El cochero que cuida su caballo, lo guía con palabras y no con el látigo, que no corre ni cruza las avenidas como un bólido, porque los coches son frágiles y en la vía estamos expuestos; se lo merece también.

El director de la pequeña escuela que la saca adelante con desvelo, que cuida de los niños como suyos y guía a los maestros hacia la perfección; el cartero que me vende una postal y mientras me la enseña me lee la bella frase que tiene impresa; los cobradores del agua y la luz, respetuosos y amables; el muchacho de la Campaña antivectores que no viene buscando imponer una multa si no educar y prevenir; merecen una frase de aprobación por lo que ofrecen.

Algunos dicen que soy muy halagadora, que veo grandeza en cosas pequeñas y normales; que celebro a la gente que solo está haciendo su trabajo y que hacerlo bien es lo lógico y le pagan por eso.

Y es que yo no sé qué cosa es pequeña o normal, para mí todo puede ser elevado, extraordinario; yo amo la grandeza, y por eso la busco desde el fondo, también por eso, quizás, es que suelo encontrarla, muy a menudo, a cada paso, adonde quiera que miro y haya alguien haciendo su trabajo bien hecho, y mi elogio es mi pago.

Si miras al que recoge los desechos y no deja restos a su paso, al que limpia el parque y lo cuida a la vez que saluda y pide a los niños que cuiden el jardín; a aquel que te sirve un café y te pregunta si estaba bueno y te pide que vuelvas; si miras buscando lo grande y extraordinario en esos gestos, seguramente lo encuentras, y entonces el halago se te hace fácil, se te escapa rápido, casi sin pensarlo.

Me gusta elogiar, necesito hacerlo para no sentirme ingrata. Camino buscando la grandeza que habita en los detalles, la gente que no piensa que está haciendo nada grande, lo bueno que parece normal, las pequeñeces que suelo convertir en algo extraordinario. Voy por ahí desgranando y repartiendo mis halagos, aunque parezca cursi, o nada poético, dicho de estos modos; porque sucede que cuando lo hago, el brillo de una mirada, la sonrisa tímida y hasta la sorpresa que provoco, pueden ser también mi pago.


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