Miércoles, 21 de noviembre de 2018 1:30 AM

Quiere crecer

Aquella escena parecía muy graciosa. La niña intentaba coger el equilibrio sobre sus zapatos de tacón y su madre le indicaba que no mirara hacia abajo, que irguiera la cabeza, mientras la salvaba de caer en cualquier tramo roto de la acera.

No era fácil. La muchachita no podía, no aprendía, se zarandeaba y doblaba las rodillas. Miraba hacia abajo todo el tiempo y, jirimiqueando, culpaba a su mamá de que se le calleran las correas de las chancletas.

En eso pasaban frente a mí. Y, como si me conociera, la madre me miró, desconcertada, y me preguntó: ¿Qué culpa tengo yo de que esta chiquilla se antojara de estos zapatos y me obligara a comprárselos?

No respondí, porque sabía que mi respuesta no iba a gustarle, o, por lo menos, aumentaría sus dudas y su pesar; me limité a subir los hombros, sonreírle y mover la cabeza para ambos lados. Ya para entonces iban de espaldas y en lo mismo; y yo viajé a aquella lectura de mi infancia en que Rosarito quería crecer.

¿Quién, cuando pequeña, no fue un poco como Rosarito? Aquella niña que, desde las páginas de un libro de texto de primaria, se mostraba ataviada con las ropas de su madre, sus tacones, collares y hasta los espejuelos. ¡Mirándose al espejo, quién sabe cuántas cosas imaginaba!

Yo también, con mis hermanas, primas y amigas, fui como Rosarito, nosotras también queríamos crecer. Todavía no olvido cómo, en la casa de Melín, una amiga de mi madre, nos poníamos aquellos tacones de hueso de sus hijas, y nos mirábamos en la luna grande de espejo. Caminando con dificultad, éramos advertidas de que ¡cuidadito con romper un tacón o partirnos un tobillo!.

Nos maquillábamos junto con ellas cuando iban a pasear, hurgábamos en sus gavetas, y nos poníamos toallas en la cabeza para imaginar un pelo largo.

Créanme que también crecíamos por unas horas; así jugábamos casi todo el tiempo, pero, cuando dejábamos el cuarto y el espejo, éramos las mismas niñas que tenían que esperar varios años para que el juego se hiciera realidad.

No diré que eran otros tiempos, ni que eran mejores. Que éramos niñas más cándidas, más sanas, (no lo creo), que nuestras baticas de vuelos y sayuelas eran más finas, ni que los zapatos de punta redonda de charolina, más bellos.

Ni qué decir que entonces no se confeccionaban zapatos de tacón alto para niñas, nadie los exhibía en sus negocios, ni los importaban del extranjero. Tampoco, ningún médico tenía que advertir, preocupado, de los daños que ese indebido uso le ocasiona al cuerpo frágil de las niñas.

Solo diré que también nosotras queríamos crecer, aún no lo he olvidado, pero nada más jugábamos a hacerlo. No "obligábamos" a nuestros mayores a comprarnos zapatos de tacón, ni se nos enseñaba a caminar con ellos; quizás por eso, nuestras madres no miraban desconcertadas a ninguna desconocida en plena calle para preguntarle algo tan obvio: ¿Pero qué culpa tengo yo?


Comentarios  

# Alejandro Chang Hernández 05-11-2018 09:12
!Qué sabiduría, Carmencita! ¿De dónde tú sacas tanta inteligencia, tanta creatividad, talento literario? Tienes toda la razón del mundo. Creo que la juventud ha dejado de vivir sus fantasías y sueños para dedicarse a vivir los "sueños estereotipados" que le impone la sociedad consumista, el patrón industrial y "moderno". Los jóvenes dejaron de ser alegres, inocentes, de jugar, de divertirse sanamente, para querer aparentar algo que no son ni pueden ser, que es ser "mayores", juegan antes de tiempo a ser adultos, y ahí es donde se crean las alteraciones psicológicas que los marcan para toda la vida. Sigue así, Carmencita, aunque no lo creas estás cambiando un poco al mundo y la sociedad nuestra con tus palabras. Saludos
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