Viernes, 19 de abril de 2019 2:57 PM

Migajas del mal

Aquel hombre pidió el pan y mientras la empleada le servía sacudió la jaba sobre el mostrador esparciendo migajas que alcanzaron hasta el piso. Ella lo miró asombrada y ante la pregunta de que por qué hacía eso, él sólo respondió; "porque sí". Se hizo un silencio de sepulcro, todos nos mirábamos.

El descuidado guardó el pan, pagó y abandonó el lugar seguramente convencido de que no hacía nada malo. Yo me quedé segura de que él es de los que piensan que el cliente siempre tiene la razón. Una muchacha recogió, resignada, las migajas, eso les pasa con mucha frecuencia, nos decía, la gente les deja allí el churre que no echan en sus casas, como monumento al desorden y anuncio de cuántas buenas costumbres se van perdiendo.

Si hubiera sido un niño posiblemente no hubiera recibido ningún regaño y hasta alguien lo hubiera encontrado gracioso, porque los niños son así; si lo hubiera hecho un joven, nadie lo habría salvado del estigma de que la juventud está perdida; sin embargo, allí, el hombre adulto, había pasado impune, nadie lo condenó ni le ripostó nada, esparció su basura, ofreció una respuesta inesperada y se marchó bien servido y tranquilo.

No existe una resolución que proteja a un cliente ante tales desmanes, ante faltas de este tipo, tampoco ningún código que por más que establezca cómo debemos conducirnos, nos dote de buenas maneras, de acertadas costumbres y de decencia. Es evidente que cosas como estas son cada vez más frecuentes, de ello habla la tranquilidad malsana de quien lo hizo, el silencio cómplice de todos, la resignación de la empleada que se ha acostumbrado a barrer churre de más, porque ¿qué se puede hacer?

La respuesta no es simple y quizás nadie la tenga, mas podemos construirla entre todos si crecemos desde adentro, si involucramos al corazón que, casi siempre, gana ante lo mal hecho, porque ama lo bello, lo bueno y elevado, porque no se cansa y nos avisa de cuánto daño nos hace la mente que se acostumbra y se moldea, que comienza a aceptar el desgano y la desidia, lo feo y el mal.

A nadie le gusta el muchacho que vocea, el auto que pasa volando con música estridente, los desechos que están por todas partes, los contenedores que se desbordan mucho antes de ser recogidos, la pared con marcas de zapatos, el banco del parque roto, la tumba profanada, el árbol talado sin permiso, la parada inmunda y sin asientos. La mayoría detesta la mirada escurridiza de un empleado mientras nos sirve, el vuelto que se queda en la caja y va a parar a otro bolsillo, los productos que vuelan de las tiendas, al revendedor; el chofer que vocifera y evade las paradas, el dueño de un auto, y el que se cree dueño, que no frena ante el desesperado por llegar a su destino.

Casi todos aborrecemos lo mal hecho, lo inadecuado, lo absurdo, pero al callarnos pareciera que cómodamente comulgamos con ello; porque los demás también se callan, eso no tiene que ver conmigo o porque siempre no podemos andar como palo de cañá. Y así, entre todos, afeamos nuestras escenas cotidianas, victimizamos al ofendido, aplaudimos al descuidado e indecente, al que no piensa en los demás, que somos nosotros mismos.

Así, el tiempo pasa sin darnos cuenta de que ya no nos cae tan mal la guagua que se atrasa, las copas de cristal que desaparecieron del coppelia, el refresco y la golosina pagados al doble de su precio, el juguete en manos de quien no lo fabrica ni lo comercializa, la carne que nunca se vendió al nuevo precio, el camión de pasaje repleto de gente sin comodidad alguna.

Y así es como nos acostumbramos a todas estas cosas, como seguimos en silencio y terminamos hasta dando las gracias porque todavía tenemos algo, sin darnos cuenta de que estamos siendo ofendidos de más, que estamos pagando de más, maltratándonos de más y viviendo menos.


Comentarios  

# Alejandro Chang Hernández 11-04-2019 09:08
Nuestra sociedad está muy necesitada de llamar a contar a sus integrantes. Cada día se pierden los valores, el respeto, los principios de la buena fe, como si fueran burbujas que explotan en el aire. Estas son las cosas que nos diferencian de los animales "inferiores", y pongo las comillas porque muchos de estos animales (perros, gatos, caballos, etc) bien podrían darle a muchos una lección de amor, de lealtad y de incondicionalidad.
Paso a paso retrocedemos los 30 mil años de evolución, y finalmente volveremos a convertirnos en neanderthales, salvo que ocurra un milagro.
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