Más botellas al mar

No sé por qué me gustan tanto las historias de mensajes encontrados dentro de aquellas botellas que viajaron, durante años, a la deriva en cualquier mar.

No sé por qué, siempre que caminé por la orilla de la playa deseé encontrar alguna, ni por qué me acompañaba la certeza de que lanzaría una desde un barco o un acantilado y la miraría perderse llevada por las olas, aunque nunca monté un barco, o subí a un acantilado, y ya lanzar botellas no esté de moda.

Es bella y romántica la idea; por décadas, ha sido tratada con mejor o peor suerte en la literatura y el cine; y es que el tema atrae, engancha, enamora; pero nunca supe por qué me gusta tanto y, a estas alturas, no voy a averiguarlo.

Ya las páginas de este periódico me sirvieron de mar inmenso adonde arrojé otras botellas con mensajes de amor, de amistad, de cariño infinito hacia muchas personas que, sin conocerlas, las intuía cercanas, entrañables; ya lancé muchas otras botellas, mas no quedé satisfecha.

Y ahora vuelvo, porque quiero decir muchas más cosas, porque necesito ir dejando retazos de lo que pienso y quiero, de lo que amo y espero, de aquello que me ronda, me envuelve, me atrae o me molesta, me enciende o me marchita.

No sé hasta dónde lleguen estas antes de ser encontradas, con cuánto deseo serán recibidas; tampoco si gusten, y si alguna será guardada con cariño.

Desconozco si mis botellas correrán mejor o peor suerte, si alguna valdrá tan solo uno de los latidos de mi bien amado José Aurelio, amigo imprescindible; tampoco si mis mensajes conmoverán a muchos; si edifiquen; si con ellos fundo y extiendo puentes; si seré esperada por alguien cada 15 días; si las musas me acompañen en este deseo y, también, mis lectores.

Tengo muchas dudas, y hasta siento que me atemoriza la idea de comenzar de nuevo, pero me acompaña la certeza de que quiero, y necesito, que así sea: que sigan mis botellas navegando estas páginas y que algunas de ellas, al menos, sean encontradas.