Había una vez

"Los cuentos sirven para dormir a los niños y para despertar a los adultos"
                                                                                                             Jorge Bucay

Cuando leemos o escuchamos las palabras que dan título a esta crónica, donde quiera que estemos, y a cualquier edad, siempre nos quedamos esperando que detrás aparezca un cuento.

Y es que así empiezan muchas narraciones con las que, por muchos años, nuestros mayores intentaban enseñarnos el mundo; y, además, es el nombre de un libro imprescindible en la infancia de muchos. Sin embargo, nunca he olvidado esos otros cuentos de mi niñez que no empezaban con la mágica y subyugante frase: los cuentos de mi padre.

Los de él siempre los comenzaba anunciando que se lo había escuchado a alguien, allá por donde corría un río, cantaba una lechuza o soplaba el viento con un ronquido de espanto.

Siempre un caminante que había llegado a su ranchito de guano, cerca de las lomas de Mabuya, desgranaba una historia que también la había escuchado aquí o allá; y mientras mi abuela colaba café (nos contaba),  él y todos sus hermanos se sentaban alrededor del forastero, que tanto hablaba y hablaba que terminaba comiendo con ellos el escaso bocado.

Pero ya cuando los cuentos llegaron a nosotros eran otros, mi papá los había modificado un poco y los había matizado con los recuerdos de aquellos días en que se ponían a hacer historias y después se morían de miedo a la hora de dormir.

Los de él eran cuentos de camino, donde siempre había algún aparecido, un caballo que llegaba a su destino sin jinete o un perro que con su aullido lastimero anunciaba una desgracia que después corría, de boca en boca, por aquellos campos.

Los tenía siempre a mano y con ellos pasábamos las horas después de comer y antes de irnos a la cama, cuando todavía no teníamos el televisor Caribe.

Era casi un ritual el sentarnos en la sala y pedirle que nos contara aquellos que más nos gustaban, y ante la más mínima variación en la historia, cuando lo mirábamos incrédulos, mi mamá siempre lo salvaba diciendo que ella daba fe de que lo que contaba era cierto.

Ninguno nos causaba miedo, en el fondo sabíamos que eran inventos, ni siquiera aquel que llegó hasta sus nietos, donde aseguraba que un bulto negro, que era el mismísimo diablo, se le había aparecido cuando niño por desobedecer a mi abuela.

El tiempo no corría cuando escuchábamos a papi, él imitaba el sonido del viento, el canto del pájaro y el ruido de las ramas secas que se partían bajo los pies del caminante en las noches oscuras; y siempre el cierre era: "pero eso no es nada, ustedes verán el de mañana".

Los cuentos de mi padre no comenzaban con la deliciosa frase ni aparecían en los libros ilustrados de mi infancia, eran pura invención de camino que pretendía hacer pasar por cierta y, sin embargo, eran tan exquisitos, parte del imaginario hermoso de gente tan sencilla y buena, que por crecer con ellos, aunque los sé lejanos, también los sigo sintiendo mis cuentos.