Él quiere ser

A todos mis maestros

Tadeo tiene seis años y ya dice que quiere ser maestro. Quisiera ser como su mamá, sus seños del círculo y Alicia, su maestra de primer grado, porque cree que muchas cosas le hemos enseñado.

Ahora juega a serlo y, gracias a la inventiva de su escuela, lleva siempre su distintivo y va anunciando que participa en un Círculo de Interés donde todos son guerrilleros de la enseñanza.

Y ese juego me conmueve, sobre todo por estos días, en que sin poder evitarlo, recuerdo a mis maestros.

No he olvidado a ninguno de los que tuve. El tiempo, que siempre hace de las suyas, me llevó algún nombre, pero el recuerdo de ellos y lo que me enseñaron me acompañarán por siempre.

Cuando Leida Lugo, mi primera maestra, me recibió en aquella aula bella de la escuelita con nombre del mambí dominicano amado por todos, y le dijo a mi mamá que no se preocupara, que estaría bien, yo no podía sospechar cuán maravilloso sería ese mundo de libros y saberes, ni cuántos buenos maestros se desvelarían por mí.

Era imposible que a mis cinco años yo imaginara la felicidad que provoca aprender algo, hacerlo tuyo para siempre, no podía saber entonces que el conocimiento es infinito y mientras más aprendes más sed puede darte.

Cómo se puede olvidar a aquel que puso en mis manos un libro y, atándome a la lectura, me ha hecho viajar a muchos mundos y muchas vidas, a quien declamó unos versos con tanta pasión que me enseñó que la poesía puede alejarnos del mal, del dolor y la adversidad, que con ella se puede crecer, volar, encender lámpara.

Cómo no recordar a quienes me enseñaron la letra del himno de mi patria, a escribir papá y mamá, cómo olvidar a quien anudándome la pañoleta me hacía dueña de una estrella y responsable de mantenerla con luz.

Ellos me acercaron a Martí de la mejor manera, porque fue viéndolos sumergidos en su sencillez y su deseo de mejor ser útil que príncipe, viéndolos cómo pasaban callados ante la gente vanidosa, fue que supe que de verdad lo conocían.

Yo crecí rodeada de maestros, ayudada y acompañada por ellos; de todos aprendí algo bueno y bello; de todos guardo un hemoso recuerdo. Ninguno se merece de mí un reproche, ni los que me castigaron sin razón o me regatearon un punto, de todos aprendí, y aunque parezca un lugar común, eso no tiene precio.

Tendrán que pasar muchos años para que Tadeo llegue a ser el maestro que hoy quiere. Quizás otros deseos le ganen a este impulso infantil y la vida lo lleve por otros caminos, sin embargo, ahora y por siempre le daré la razón cada vez que diga que esta es la profesión más linda de la Tierra; lo ayudaré a hacer realidad este hermoso sueño y lo enseñaré a amar y a no olvidar jamás a ninguno de sus maestros.