El pozo de los deseos

Los jardines del Hotel Nacional de Cuba están vívidos en mi mente. Si cierro los ojos puedo recorrerlos, igual el Salón de la fama, donde mi padre me enseñó las fotografías de los artistas de su época que visitaron el hotel y yo le mostré los escritores que él no conocía.

Igual recuerdo los pasillos, los muebles, aquella joyería donde era imposible comprar alguna pieza por su caro valor, y hasta el olor del café que nos tomamos juntos.

En un patio al frente, el pequeño y atrayente pozo resulta inolvidable, en él arrojamos unas monedas y pedimos un deseo que, aunque en silencio, cuando nos miramos, los dos supimos cuál era, porque pedimos el mismo, no podía ser otro.

Meses después, el último día del año nos sorprendió esperando el avistamiento de un planeta, la noche era nublada y fría, pero me negaba a entrar en la casa, no fuera a ser que me perdiera su fugaz presencia y no pudiera pedirle el deseo que tanto nos rondaba a los dos.

No vi el planeta, sin embargo, en el último segundo de ese día, desde la cama de papi, lanzamos al universo aquel deseo que ya en los primeros días de enero se nos negaba. No podríamos volver a vernos, visitar juntos ningún lugar, ni añorar algo jamás.

Yo me abstuve entonces de desear cosas (total, si no se cumplen) y, arropada por el dolor, preferí que la vida siguiera su curso inevitable; pero al pasar de los meses, cuando comencé a recibir otras cosas bellas que en algún momento habíamos deseado; todo comenzó a cambiar.

Siempre me sorprende y entusiasma la noticia de una lluvia de estrellas a la que puedo pedirle una lluvia de deseos, y el último segundo de cada año, mientras otros lanzan agua a la calle, queman muñecos, salen con maletas para atraer un viaje, brindan y hasta se comen las doce uvas, yo sólo enuncio mis peticiones.

Ya este año envejecido y agotado está al decirnos adiós y yo me voy haciendo mis pequeños recuentos, mientras espero ese segundo que prefiero pensarlo tan mágico y divino, que nos hará pasar, como nuevos, para otro año mejor.

No faltarán en mis peticiones mi familia y amigos, mi país adorado, mis perennes anhelos de paz. Los puentes que sustituyan muros, las miradas y abrazos que salven, las madres y los hijos, la salud y el deber.

Tampoco los pequeños milagros de cada día, la paciencia y la fe; los hombros amigos, las manos extendidas, la piedad y la justicia; los padres, la luz y la sabiduría; y el agua a la medida.

Pensaré en la abundancia que ha de darnos el trabajo seguro, en la alegría sincera, el entusiasmo y el susto del amor.

Espantaré a la desidia, el desgano, la angustia, el dolor, el desamparo y el miedo; abrazaré a la sorpresa, la seguridad, la inocencia y la vida.

Pensaré en muchas cosas. Pediré, pediré. Y desde que entre al año robusto y nuevecito, aprovecharé cada uno de sus 31 millones 536 000 segundos y haré todo lo que pueda para que, al menos, algunos de mis deseos se hagan realidad. Y si no sucediera, lo intento el otro año.