Cuando un lector se va

Yo no sabía cómo se llamaba aquel hombre. Siempre supe que era maestro, con alma de artista y promotor nato, que se leía cuanto le cayera a mano, y que a su esposa, Olguita, la llamaba con dulzura y simpatía "el amor de mi bohío."

Un día me detuvo en plena calle de Majagua para hablarme de un comentario que había publicado en las páginas de este periódico; fue larga la conversación, profundo y respetuoso aquel análisis que selló, invitándome a que nunca dejara de escribir.

Siempre que nos encontrábamos, esperaba sus puntos de vista respecto a lo que publicaba; enterada de que él me leía, terminé necesitando lo que tenía que decirme.

Quienes andaban con nosotros, tenían que esperar, porque no podíamos perder la oportunidad de un debate que cada vez se ensanchaba más y sobrepasaba los límites de lo que yo publicaba y él leía.

Cuando ya mis escritos eran públicos, y nada podía hacer para mejorarlos, cuando notaba con angustia que pude haber logrado algo mejor pero que ya estaban en la calle; pensaba en mis lectores y en mi "crítico estrella", como lo bauticé un día.

Muchos fueron los temas que me sugirió, los títulos; muchos los elogios; y, también, la crítica dura, sin embargo, tan sincera, amable y acertada que no podía más que agradecerla y tenerla en cuenta.

Cuando decidí retomar esta sección, enviar mis mensajes a quienes los esperan, o no, con tristeza pensé en mi lector-amigo, porque, siempre que hablábamos, me pedía que escribiera mis "botellas", porque muchas veces le prometí que sería pronto y, sin embargo, nunca antes pude.

Hasta hoy, cada vez que escribo recuerdo sus comentarios, las tantas dudas de las que me sacó, aquello que me decía que él hubiera escrito de otra manera, lo que me aprobaba y aplaudía; y, sobre todo, me imagino cómo hubiera recibido mi retorno.

El día que murió José Francisco, y la triste noticia pasaba de boca en boca por Majagua, yo no sabía quién era, nunca supe su nombre, mas cuando me fueron explicando, cuando vi a su esposa y supe que era aquel lector que un día me paró en plena calle y terminó siendo un amigo, no quería creerlo. Al instante, pensé en que le había fallado, y recordé la última vez que lo vi.

Aquel día, como siempre, me saludó con cariño y me habló de mis últimas publicaciones, me pidió que volviera a mis crónicas y me dijo que, cuando retomara mis "botellas", iba a llamarme para decirme: "Enhorabuena por tu regreso, Coqui." Entonces, como siempre, le dije que las esperara, y, al despedirnos, nos reímos mucho, sin sospechar siquiera que esa era la última vez que hablábamos; que tan pronto estarían mis "botellas" navegando estas páginas, y que me dolería tanto que mi amigo no podría, jamás, leerlas.