Buenas palabras

Amo las palabras. Las saboreo al pronunciarlas y disfruto el sonido intenso o callado que habita en ellas. Puedo elegir una entre un millón y hacerla mi compañía para toda la vida.

Si las conozco y me agradan, si con ellas me va bien, si siento como gusta o disgusta (según pretenda) lo que digo, las lanzo al viento, porque no existe, entonces, mal alguno intrínseco en ellas.

Las necesito, y lamento cómo algunas han padecido por parecer simples, solo porque alguien piense que no son contundentes, rotundas, o porque en la lista de los sinónimos alguna les saca ventaja.

Podemos expresar cualquier idea con una misma palabra, pero también otra que se le asemeja pudiera ser más exacta en determinado contexto; es difícil, a veces, pretender que alguien entienda que su palabra escogida se aviene menos para lo que pretende decir. Es complicado. Mas, defender una, imponerla, hacer que alguien vea cuánto vale, cuánto bien le hace a lo que decimos o escribimos, es siempre un intento en el que no debemos cejar.

Adoro una palabra de esas que siento que ha padecido, de la que a los maestros no les parecía a veces demasiado importante para adjetivar. Una palabra hermosa, inmensa, con vida propia; pero muchas veces venida a menos.

Cuando yo quiero decir bueno, no digo, además, bondadoso ni afable, tierno, honrado o virtuoso; tampoco recto, justo, honesto, bonachón, servicial, benévolo, ni alguno de los dieciséis sinónimos que restan; porque con esta palabra siento que basta.

Cuando alguien me dice que una persona es buena, no tiene que deshacerse en argumentos para que yo entienda cuánto de grande y hermoso hace, cuán valedera puede ser su vida.

Si después de leer un libro, un trabajo periodístico o apreciar una obra de arte alguien dice que le pareció buena, nunca creo que debió decir alguna otra palabra para ser más convincente.

Era bueno el sol cuando Pilar quería salir a estrenar sus zapaticos a la playa, también buena era la madre de Bebé; y Bebé mismo en esas inolvidables obras de mi infancia. La zorra del Principito, su flor, el Quijote y su fiel escudero, eran buenos también.

Buenos son mis padres, mis hermanos, mis sobrinos queridos, los maestros que tuve, mi comprensivo esposo, mis primos y sus padres; y todos los que me ayudaron a traer mis hijos a la vida.

También buenos son mis amigos, el café y la comida de mi madre; quienes me acompañan; y el país que habito y que me habita.

Me gustan las palabras, las escucho y me pierdo en los laberintos que ellas forman. Las saboreo y, a muchas, las hago mías para siempre; mas les digo que no existe una que me fascine tanto, me enamore, envuelva y me llene, porque me parezca tan dulce, explícita y buena como la palabra que me inspiró estas líneas.