Abrecartas

No olvido el día en que mi amiga Conchita me regaló su abrecartas. Una pieza bellísima, de metal dorado, y un cabito de madera con unos arabescos de ensueño.

Me negaba a aceptarlo, sabía que era un regalo que ella y su esposo, el doctor Barreto, recibieron de unos amigos; y, además, es tan bello que creí injusto despojarlos de él.

Sin embargo, ¿quién hace a Conchita desistir de una idea si de regalar algo se trata?

—¡Cógelo, tú lo vas a usar más que nosotros! —me dijo y, mirando a Andrés, le asentía con la cabeza, como para robarle un sí, le preguntó:— ¿Verdad, vejete?

Ha pasado el tiempo y, en estos quince años, aunque he leído miles de cartas y mensajes, nunca lo he usado suficientemente para lo que su nombre indica.

No sospechaba mi amiga, entonces, lo brutal que sería esto de la nueva era de las comunicaciones donde otros soportes modernos y atrayentes nos harían ir dejando de lado la carta de papel; y es hasta porque también demoran más en llegar a su destino, resulta trepidante la modernidad, y vuela el tiempo que es oro molido.

Amo las cartas. Varios epistolarios ya han pasado por mis ojos y engordaron mi alma. Adoro leerlas, desde las de Martí, hasta las del más enternecido de los amantes, que sin saber escribir siquiera, tenga algo que decir en su corazón y termina diciéndolo.

Me gusta escribirlas, de las de tinta y papel, de puño y letra, de esas que mientras las desdoblas el corazón salta, de las que hueles y besas, doblas y guardas en cofres o gavetas, y vuelves a ellas varias veces a lo largo de tu vida.

Pero la modernidad también tiene sus códigos y me "someto" a veces a ellos, y, como existe también el espacio de teclado y pantalla, desde donde se pueden enviar, no dudo en hacerlo, porque estas también pueden saborearse, leer y releer y sacar buena savia de ellas.

Me quedo fuera del debate de quién vencerá a quién, de quién dará la última estocada y sepultará al otro, no creo que el papel impreso pueda morir nunca, ni que las cartas de puño y letra que tengo guardadas sean las últimas que reciba.

No sé por qué esperan que uno se imponga al otro, que alguno subyugue, que el otro fenezca; prefiero pensar que ambos convivan y sean usados según se quiera y se pueda; y que siempre habrá alguien que, después de cerrar su computadora, se vaya a la cama a leer su libro de cabecera, el periódico del día, o escriba al menos una nota en una tira de papel corriente.

Cuando reviso mi correo me regocija recibir algún mensaje, lo leo feliz; aprendo, me divierto, según sean; lo respondo y casi siempre pido que me sigan escribiendo; mientras, espero poder usar mi hermoso abrecartas, porque cuando él va rasgando el sobre, mi corazón también salta.