Jueves, 18 de julio de 2019 2:51 AM

Esquilo y la tragedia griega

 esquilo • “En la guerra, la verdad es la primera baja”, sentenció el tragediógrafo griego Esquilo (525 a.n.e. – 456 a.n.e.), a quien se le ha llamado indistintamente Padre del Teatro o Padre de la Tragedia Griega.

Lo cierto es, según los especialistas que han profundizado en su obra, que este genial griego fue autor de un número indeterminado de textos. Sí, porque un biógrafo anónimo le atribuyó 60 obras, entre ellas, un drama satírico; y otro subió la parada a 90 y, además, lo dio como ganador del premio 28 veces, mientras un tercero fijó la cantidad en 82 piezas.

Pero amén de cifras y cifras, parece ser que lo real es que a la actualidad han llegado de forma completa siete tragedias y fragmentos de otras. El septeto está integrado por los títulos Los persas, Los siete contra Tebas, Las suplicantes, Orestíada (comprende Agamenón, Las coéforas y Los Eumeniles), y Prometeo encadenado (aún se debate su autoría).

Esquilo era dueño de un estilo audaz; poseía una fértil imaginación; introdujo el segundo y tercer actores, y sus coros gozaban de una fuerte personalidad. Se conoce que en los conflictos bélicos contra los persas, participó, entre otros combates, en los de Maratón y Salomina.

• En 1960, en la localidad gala de Cro–Magnon fueron encontrados restos fósiles de un ser humano. El hallazgo dio nombre a una de las razas prehistóricas del occidente de Europa.

• Sepa que distribuidas en cerca de 200 países perviven unas 6 900 lenguas vivas. Agregue a su acervo que, de ese total, el cuarto escaño le corresponde al idioma de Cervantes.

• Se le llama Querella de las Investiduras a la disputa que se extendió desde 1074 hasta 1122 entre los papas y los emperadores germánicos. Esa guerra estuvo matizada por los títulos eclesiásticos y concluyó con el Concordato de Worms, mediante el cual se separaron ambos poderes.

• No los confunda, amigo lector. La lisonja puede ser noble, pero la adulación es siempre torpe y malévola.

• En ocasiones se escucha decir, cuando se habla de determinadas personas, que estas tienen colmillos, o que tienen afilados los colmillos. Esa figura se emplea para remarcar las características que poseen en cuanto a sagacidad y a no dejarse engañar con facilidad.


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