Chulería en poteCuentan que fue verídico. En un humilde pueblo de los Estados Unidos un matrimonio pobre logró mandar a su hija, de cinco años, de vacaciones a casa de la abuela estampándole solo 53 centavos en sellos sobre la solapa de su abrigo y haciéndola recorrer 120 kilómetros en tren, a través del servicio de correos del año 1914, sin incumplir las leyes federales.

La única condición, que ponían las disposiciones del servicio postal para poder entregar un paquete en manos del destinatario, era que el peso no excediera las 50 libras y la pequeña Charlotte pesaba 48.

Cuando los padres se presentaron en la oficina de correos de Grangeville y dijeron que querían enviarla a Lewiston como paquetería, al funcionario, luego de leer y releer los artículos de la Ley postal, no le quedó más remedio que acceder a trasladar tan sui géneris “bulto”. De modo que el propio cartero, encargado de esa línea de reparto, tuvo que llevarla y entregarla en manos de su abuela, como indicaba el contrato. Ello llevó a que se modificara tal reglamento y quedara prohibido el envío de seres humanos.

Cuando leí esta anécdota me dije: “Se ve que no se trataba de una Mariacarla cualquiera”, esa amiguita que tengo más hija de estos tiempos que de sus padres; una pizpireta capaz de sacarte de tus cabales con sus ingeniosas preguntas o sus poses de “mujer” precoz, de solo cinco años también, que te deja rascándote la cabeza y con una sonrisa, de oreja a oreja, cuando se dice Shakira y mueve las caderas o exige que no le “metas” cuentos, “porque a los niños hay que decirles la verdad, si no te crecen la nariz y las orejas.”

Los padres, queriendo refinarla un poco, la inscribieron en clases de ballet y duró allí lo que un merengue en la puerta del colegio. Lo de ella es la rumba y sueña con treparse a una carroza en los carnavales. Tiene más leyes que un fiscal y más sandunga que la Sandunguera de Formell.

Cuando la veo, como una niña más de estos tiempos, desinhibida, coqueta, inteligente, pienso en esas madres que no teniendo quien le cuide los muchachos en tiempo de vacaciones escolares, se levantan como Dora la Exploradora, preparan la mochila cual si fueran de excursión al Himalaya, los despiertan temprano y se los llevan al trabajo, literalmente, con la lengua afuera. Allí hacen como que trabajan, pero le ceden la computadora al niño o la niña para que juegue sin correr ni alborotar, mientras ruegan que las “despidan” temprano, porque “el calor mata y a estos chiquillos ya no hay dios que se los dispare”.

La suerte de la mamá de Mariacarla son unos vecinos que atenúan sus ímpetus infantiles disfrutándola como “un mal necesario”, si ella se cree la miembro más pequeña de la familia, la que se aparece a almorzar sin previo aviso “porque la comida de mi mamá no sabe tan rica”, si es como un carrusel de inocencia y luz en un país donde su ley primera es que “No hay nada más importante que un niño”; la mini dosis de la mujer cubana del futuro, la que no será sumisa esclava a los pies de su marido, sino fiel compañera en el afán de construir los nuevos sueños de esta Isla.

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