La familia de Belkis va a echar pa lanteTodavía no lo sé. Aquella señora, vecina del viejo Marcelino, en la calle de las Palmas (como le deben seguir llamando por costumbre) me había asegurado que lo peor estaba después, “pa allá atrás”, y he ido, más por complacerla que por desmentirla o darle la razón: a 72 horas del huracán aún no encuentro el epicentro del dolor y la objetividad periodística no me alcanza para definir cuál rincón de Punta Alegre es más triste.

La familia de Belkis, va a echar pa lante

Punta Alegre: lo más triste (Parte I)

Voy entonces al “pa allá atrás”, a un barrio que se llama Chincha Coja, adonde las casas ya estaban débiles, pero eran casas ¿ o debemos suponer que duele menos perder un techo de guano que uno de tejas, que uno de fibro, que uno de placa? Hoy, el valor de un techo en Punta Alegre se define solo en dos montos: se tiene o no se tiene. Ninguna casa vale más que otra; solo están las que ya no valen nada y las que lo valen todo. Por eso corrijo a Belkis Pino Aguilera cuando me enseña lo que era su hogar en Chincha Coja y dice, “estaba malita”, como si “malita” justificara el desplome de su vida.

− Su pérdida es comparable con quien también lo perdió todo, aunque tuviese más. No subestime su dolor, creo que le dije. Y entonces ella empezó a sentirse fuerte y me desplomó a mí.

Las torres que Irma no se llevó“No, que va, nosotros vamos pa lante, yo soy auxiliar de limpieza en el Hospital, ahí llevo como 15 años y he luchado todo el tiempo. Tengo dos hijos, uno con problemas, que tiene un catéter puesto, está operado del corazón, y este otro, más chiquitico. Mi esposo pastorea carneros en la cooperativa y tiene, además, otro trabajito. Ya veremos cómo salimo alante. Estamos vivos que es lo más importante. Bueno... eso, y que no perdimos el frío ¿te imaginas si yo tengo que empezar a pagar otro frío? Yo, que no he terminado de pagarle este al banco todavía. “

Las torres que Irma no se llevó

El callejón que insiste en pasar por lo que era el frente de su casita ya se había agitado de voces en espera de que Belkis recontara su historia. Algunos creyeron que agendarse la tragedia en la libreta de la periodista suponía una ventaja y empezaron a ponerle nombres a la tragedia en Chincha Coja; un pueblo insalubre y marginal, antes de que Irma se ensañara en recordárselos. Otros amenazaron con tumbar las casas ladeadas por el huracán, porque con sus hijos no vivirían allí, en peligro. Y aunque no lo admitieron, por las claras, saben que en términos de ayuda un derrumbe total no significa lo que uno parcial y que en el futuro la diferencia podría estar entre unas planchas de fibro y un subsidio para reconstruirlo todo; casi siempre, mejor de lo que estaba.

Salgo de allí. Voy en una waripola ilegal que Reynaldo Cabrera Ferrer se ha inventado. Nunca podría aspirar a la licencia de ese artefacto con motor de algo, tres ruedas, asientos traseros y techo. Él, que también ha quedado sin cobija en el barrio de los Cabreras, donde abunda ese apellido y el desguazo, es el hazmefavores de un pueblo que mueve colchones salados de una esquina a otra, buscando el sol que no sale.

Porque este martes, cuatro días después de que los bandazos de Irma le quitaran la alegría a la punta y no tuvieran allí ni la repentina calma del ojo, todavía llovía, a intervalos. En ese extremo norte que se llama, como se llamaba el central (Máximo Gómez), la gente aún discutía si las rachas fueron de 280 o de 300; se hacía cola pa las galletas, el arroz y la carne; se martillaban los techos que aguantaban los golpes y se apilaba la basura mugrosa que el mar les echó encima a unos 3 000 habitantes del poblado que pertenece a Punta Alegre.

La waripola de ReynaldoLa waripola de Reynaldo

Los funcionarios recorrían las calles contabilizando las pérdidas para en algún momento dejar de hablar de preliminares y ponerle, si se puede, números a la debacle, mientras Carlos Ernesto Hernández Vázquez me indicaba la salida del pueblo. Él no es cocinero, es profesor, pero cocina para los evacuados que están en las minas de Yeso y para los de otra escuela que no recuerda el nombre. Sabe que soy periodista y me pide que escriba lo que comen los evacuados. “Hoy mismo postas de pollo, de las grandes, chicharritas y arroz amarillo”. Me dice, además, que cuente que les sirven bastante, en potes de helado repletos de arroz, bien apretado, para que quepa bastante. Quiere que la gente sepa que no pasan hambre. Eso no.

Camino entonces a Buchillones, el sitio arqueológico que describe, como ninguno en la Isla, nuestro origen taíno. Allí querían ser la meca del turismo de investigación y casi al frente del Museo está la fábrica de yeso y las únicas minas a las que se le extrae la caliza para las cuatro fábricas de cemento del país. Hay una quinta, en el Mariel, que tiene su propia cantera; pero el resto de las casas que quieran levantarse en este país, y no sean de tablas, deben empezar a erigirse en esas minas. Hacia allí los caminos están colapsados, por eso voy primero a Buchillones. Un pescador se ofrece de guía, casualmente va hasta allá, a ver su barco.

Miro hacia atrás y la última imagen de Máximo Gómez se me antoja la burla más despiadada de Irma. En una de las torres del central se lee: “peligro: posible derrumbe.”

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Comentarios   

+2 #2 Julian 14-09-2017 20:02
Comparto conmocion contigo Adrian, pero termine de leerlo porque los finales de sus articulos son una especie de epilogos en zip, y este no podia ser menos..hondo como un oceano!!
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+2 #1 Adrián García 14-09-2017 14:09
Katia tu articulo me ha conmovido tanto que no he podido terminar de leerlo.
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